sábado, 5 de marzo de 2016

Pautas de comunicación con los niños ante la pérdida de un progenitor

"El miedo a la muerte nos separa de la vida no de la muerte"


Sin lugar a dudas nuestra sociedad occidental y post-industrial sigue teniendo un elemento como es la muerte fuera de su esquema de pensamiento. La muerte no entra en nuestros planes, la finitud de nuestra esencia no tiene cabida en la estructura ideológica que implanta el sistema en el cual nos ha tocado vivir. Y sin embargo no hay mayor verdad ni hay mayor certeza que la muerte más tarde o más temprano nos espera a todos.
Durante todas las épocas históricas y prehistóricas el ser humano ha temido y ha tenido respeto a la muerte. Pero una cosa es temerla y otra muy distinta es sacarla de la realidad psicológica en la que vivimos. Y eso es lo que hemos hecho la actual sociedad occidental. 
Uno de los efectos que tiene este enfoque en nuestro comportamiento es no saber qué hacer ni como actuar ante la muerte de uno de los padres si esta sucede en la infancia de nuestros hijos. Pensamos que la muerte les aterra y traumatiza tanto como a nosotros, pero lo que no sabemos es que ellos ven y sienten la realidad a través de nosotros y cómo enfoquemos y entendamos esta muerte así en gran parte la entenderán ellos.

A continuación os pongo unas pautas de comunicación básicas de las malas noticias y de los momentos posteriores al fallecimiento que se deben tener en cuenta (Kennedy y Lloyd-Williams, 2009; Kroen, 2011):
  • La comunicación debe ser directa, sincera, objetiva, y evitando eufemismos, además de comprobar si han comprendido lo que se les ha explicado. Se debe informar cuanto antes, dado que la ocultación de la información puede entorpecer el proceso de duelo posterior. Es importante explicarles también lo que va a ocurrir los días siguientes al fallecimiento. En el caso de muerte por enfermedad, en especial en la etapa final de la vida, se debe permitir su participación en los cuidados, pudiendo realizar alguna tarea acorde a su edad.
  • La persona idónea para realizar esta comunicación es el progenitor superviviente. En los casos en los que deba informar otra persona es recomendable que lo haga alguien cercano al menor que además explique por qué el otro progenitor no puede estar allí.
  • Se debe asegurar la continuidad en los cuidados, es decir, siempre que sea posible, no se deben realizar cambios importantes en su entorno, como una mudanza, cambio de colegio etc., y procurar que sean las mismas personas las que continúen ocupándose de su atención después de la pérdida.  Para facilitar el proceso de adaptación es fundamental informar en otros contextos habituales del menor como por ejemplo la escuela.
  • Es importante validar, pero no forzar, la expresión emocional de tristeza o preocupación, como también de la rabia o ira (ésta última mediante formas productivas), para que tomen conciencia de sus emociones, las exploren y ganen control sobre ellas. Permitir otras formas de expresión, como por ejemplo los dibujos o el juego, y abordar también la culpabilidad que puedan sentir. Al mismo tiempo, es necesario que los menores tengan momentos de descanso en los que puedan desconectar del proceso que están viviendo. Posteriormente y en fechas clave (aniversarios, cumpleaños…) se deben atender las reacciones emocionales, anticipándonos a ellas.
  • Permitirles siempre que lo deseen, despedirse del fallecido y participar en los rituales de despedida, estando disponible un adulto que les acompañe durante el proceso y pueda resolver sus dudas.
  • Ayudarles a mantener una conexión simbólica con el ser querido que ha muerto y a preservar sus recuerdos significativos. Esta conexión tiene efectos saludables en el proceso de adaptación tras la pérdida.
Se ha demostrado que una comunicación que tenga en cuenta los elementos anteriores y adecuada a la etapa evolutiva facilita el proceso de elaboración del duelo y puede evitar su complicación (Rosner, Kruse, y Hagl, 2010).

miércoles, 15 de octubre de 2014

La ansiedad, ¿qué es? (III) El funcionamiento y las consecuencias reales de los trastornos de ansiedad

Curva de intensidad en la respuesta de ansiedad
Una característica genuina de la respuesta de ansiedad es su corta durabilidad. Es un mecanismo muy potente que puede dispararse a altísimas intensidades pero nunca durar mucho a una alta intensidad. Sí que es cierto que a intensidad moderada los síntomas de ansiedad pueden alargarse en el tiempo. Y la respuesta de por qué la respuesta de ansiedad en intensidades muy elevadas no puede ser muy larga en el tiempo es la siguiente. Da igual si es luchar contra una fiera salvaje o esquivar a un coche. El desenlace ocurrirá rápido. Esta temporalidad corta está basada en las características de nuestro sistema nervioso. El sistema nervioso autónomo, que da base biológica a todos los cambios corporales, bioquímicos y hormonales que producen la ansiedad, está a su vez basado en dos subsistemas: el sistema nervioso simpático y el sistema parasimpático. El primero, el simpático, activa el proceso generando la ansiedad, y el segundo, el parasimpático lo controla. Este control va a provocar dos efectos: que este proceso no dure demasiado tiempo y que la intensidad del malestar no llegue a ser tan alta que nos pueda dañar. ¿Qué sentido tendría que aquello que la naturaleza ha diseñado para protegernos, nos hiciera daño? Ninguno. En este sentido la ansiedad no es peligrosa, no te puede pasar nada malo por estar ansioso; eso sí, es incómoda y desagradable.

Una vez el sistema ha vuelto a la normalidad, podemos sentirnos muy cansados, o tener dolor de cabeza, o de espalda u otras sensaciones. Es normal, se debe a que nuestro organismo ha consumido mucha energía y hemos tensado mucho la musculatura.

En resumidas cuentas, la respuesta de ansiedad no puede durar mucho y nunca nos hará daño.


La respuesta de ansiedad convertida en trastorno de ansiedad

La ansiedad tiene su razón de ser cuando afrontamos situaciones peligrosas, circunstancias en que nuestra vida corre realmente peligro. Pero, ¿qué pasa cuando el programa de la ansiedad se conecta ante situaciones que no son peligrosas? Es en estos casos cuando la ansiedad se convierte en un problema y aparecen los trastornos de ansiedad. Un trastorno de ansiedad se podría definir como una reacción de ansiedad en principio adaptativa, saludable, que se activa ante una situación no peligrosa, ante una situación en que no debería activarse. Por ejemplo, una persona con fobia a volar, como vimos antes, percibe el avión como una trampa mortal y al procesar ese escenario como peligroso, la vieja respuesta de ansiedad se dispara. La explicación a este proceso está en la conexión. El problema de esta persona no está en la bioquímica de su cerebro ni en que su sistema nervioso autónomo esté desregulado, sino que a través de determinadas experiencias, conectó la situación de volar con un peligro inminente. Esta es la razón de todos los trastornos de ansiedad. Las personas que los sufren asociaron las situaciones que les producen miedo con catástrofe, con horror, con peligro. El problema es siempre la conexión equivocada, nunca la propia respuesta de ansiedad, que por sí misma es natural y saludable. Así pues, el tratamiento tendrá como objetivo no eliminar la respuesta de ansiedad, sino desconectarla de las situaciones aprendidas como peligrosas y que verdaderamente no lo son.


Las únicas consecuencias de la ansiedad prolongada

Hemos insistido en la idea de que la ansiedad no es peligrosa, aunque sí incómoda y desagradable. Por otra parte, en personas especialmente sensibles y que llevan mucho tiempo sufriendo un trastorno de ansiedad, podrían llegar a desarrollar algún desajuste psicofisiológico leve. Por ejemplo, sabemos que algunos problemas digestivos, como el colon irritable, pueden verse favorecidos por la ansiedad sostenida. O sucedería lo mismo con las cefaleas tensionales, la dermatitis atópica, el asma, o las alopecias. Probablemente lo que sucede es que la activación constante del programa de ansiedad acaba de alguna forma afectando algún aspecto no vital del organismo. Un ejemplo que ayudará a comprender este proceso sería el que sucede en gente que hace demasiado ejercicio físico. El entrenamiento y el deporte son saludables, pero cuando se abusa de ellos, y no se respetan los tiempos de recuperación adecuados, pueden llegar a provocar pequeños desajustes biológicos.



Este artículo ha sido basado en la siguientes bibliografía:

- Tratamiento Psicológico del Pánico-Agorafobia. Pastor y Sevillá, 1995.
- Tratamiento Psicológico de la Hipocondría y la Ansiedad Generalizada. Sevillá y Pastor, 2011.
- Tratamiento Psicológico de la Fobia Social. Pastor y Sevillá, 2000.
- ¿Por qué las cebras no tienen úlceras? Robert Sapolsky.

lunes, 13 de octubre de 2014

La ansiedad, ¿qué es? (II) Los falsos mitos de la respuesta de ansiedad

A continuación describiremos y explicaremos las principales sensaciones que notamos cuando estamos ansiosos y los falsos mitos que normalmente asociamos así como su explicación real en términos de respuesta de ansiedad.


Taquicardia, palpitaciones, opresión en el pecho, dolor en la región precordial: “me está dando un ataque al corazón”

Cuando nos ponemos ansiosos, el cuerpo se prepara para una vigorosa actividad física. Los músculos se alimentan de azúcar y oxígeno y todo esto llega a través de la sangre. Por lo tanto el flujo sanguíneo se aumenta provocando palpitaciones y taquicardias. Sin embargo cuando notamos estas sensaciones estando sentados en la butaca de un avión o dando un paseo es normal pensar a veces que nos está dando un ataque al corazón y vamos a morir. Pero nada más lejos de la realidad. Lo que verdaderamente ocurre es que nuestro corazón funciona a la perfección y está subiendo la actividad para suministrar energía a nuestros músculos alertados falsamente.

Sabemos que el ataque al corazón produce casi siempre grandes cambios eléctricos en el corazón que pueden apreciarse fácilmente en el electrocardiograma. En contraste, el único cambio que se aprecia en el electrocardiograma durante los ataques de pánico es un aumento del ritmo cardíaco.

La ansiedad, el estrés o el pánico NO provocan ataques cardíacos. Para que éstos tengan lugar, deben darse varias de las siguientes condiciones, algunas de las cuales están interrelacionadas: Lesión grave en el corazón o en las arterias, exceso elevado de ácidos grasos en la sangre, dieta incorrecta (por ejemplo, consumo excesivo de grasas), sobrepeso, vida sedentaria, consumo excesivo de alcohol, tabaco y/u otras drogas, hipertensión arterial. También son factores de riesgo el tener antecedentes familiares y el ser varón. El estrés o la ansiedad excesiva pueden aumentar el riesgo cuando se combina con las condiciones anteriores, pero por sí solos no dan lugar a ataques cardíacos.


Sensación de inestabilidad, mareos, vértigos: “me voy a desmayar”

Las personas que experimentan mareo, vértigo o sensación de inestabilidad durante el golpe de ansiedad pueden tener miedo de desmayarse o perder el conocimiento. Sin embargo, la probabilidad de que esto ocurra es nula. Para que tenga lugar un desmayo debe haber un descenso del ritmo cardíaco y una bajada notable de la presión arterial. Sin embargo, cuando se experimenta una fuerte ansiedad o pánico, ocurre todo lo contrario: el ritmo cardíaco y la presión sanguínea aumentan. ¿Cómo se explica entonces la sensación de mareo? Sencillamente, como parte de la reacción de emergencia ante el peligro, el corazón envía más sangre hacia los músculos (para poder correr o luchar) y relativamente menos al cerebro. Esto significa que hay una pequeña caída de oxígeno en el cerebro y esta es la razón de que uno pueda sentirse mareado. Sin embargo, esta sensación no significa que uno se va a desmayar, ya que la presión sanguínea global es alta, no baja.

Las personas que se han desmayado anteriormente, pueden comparar las sensaciones que preceden a un desmayo real con las que experimentan durante un ataque de pánico. Nunca son las mismas. Antes de desmayarse, la gente siente frecuentemente que se está desvaneciendo; es como un alejamiento progresivo de la realidad, como ir sumiéndose en un sueño. En cambio, durante un ataque, la gente está terriblemente consciente de sus intensas sensaciones de mareo y de otras posibles sensaciones acompañantes.


Sensación de falta de aire y dificultad para respirar: “me estoy ahogando”

Cuando estamos muy nerviosos respiramos más rápida y profundamente. Esto forma parte también de la respuesta de emergencia, ya que se necesita más oxígeno si se va a luchar o a correr para escapar. Pero al no gastar verdaderamente este oxígeno provocamos una hiperoxigenación de nuestra sangre. Esto hace que el cerebro mande descender la frecuencia respiratoria produciéndose sensaciones ahogo. Aunque estas sensaciones son reales el temor a ahogarse es totalmente falso puesto que paradójicamente nuestros pulmones cesan de respirar por la sobreabundancia de oxígeno que posee nuestra sangre.

El intentar compensar esto mediante una mayor respiración voluntaria hace que siga el estado de hiperventilación y la sensación de falta de aire. Lo que hay que hacer es respirar lenta, regular y diafragmáticamente. En ningún caso se va a producir una parada respiratoria completa. Cuando se comienza a respirar lenta y superficialmente, el oxígeno empieza a descender en la sangre y la respiración se vuelve poco a poco normal.


Sensación de tensión muscular, dolor en la cabeza y espalda, contracturas, calambres, temblores y sensación de piernas débiles: “voy a perder el control”

Algunas personas creen que van a perder el control durante los ataques de ansiedad. El significado de esto puede ser quedarse totalmente paralizado y no ser capaz de moverse, hacer cosas extrañas o ridículas, correr sin rumbo, gritar, proferir obscenidades, romper objetos, agredir a otros, tirarse por la ventana, etc. Sin embargo, esta sensación de pérdida de control no se corresponde con la realidad. Cuando estamos ante una crisis de ansiedad no se pierde el control JAMÁS, NUNCA; en el peor de los casos, escapamos de la situación hacia un sitio más seguro, lo cual no es precisamente una falta de control. De hecho, como se ha dicho antes, el ataque de pánico no es sino un ejemplo de respuesta de emergencia ante un peligro percibido (que no tiene por qué ser real), de modo que se favorece la respuesta de huida. Es posible que uno tenga alguna sensación de confusión o irrealidad, pero se conserva la capacidad de pensar y actuar de cara a ponerse a salvo. La reacción de emergencia no produce parálisis ni va dirigida a hacer daño ni a sí mismo ni a personas que no constituyen ninguna amenaza.


"El Grito", cuadro de Edvard Munch

Sensación de irrealidad, percepciones extrañas, descontrol en los pensamientos: “me estoy volviendo loco”

Ciertos síntomas durante los ataques de pánico –tales como sensación de irrealidad, visión borrosa, ver lucecitas, confusión mental- pueden conducir a pensar que uno se va a volver loco. Sin embargo, estos son síntomas de la reacción de emergencia ante una situación externa o interna que se considera peligrosa, no tienen nada que ver con la locura. Cuando hablamos de ésta, nos referimos normalmente a un trastorno muy severo llamado esquizofrenia. Esta se caracteriza por pensamientos y lenguaje incoherentes y sin sentido, creencias delirantes (por ejemplo, creencia de que los propios pensamientos son impuestos por seres de otros mundos) y alucinaciones (por ejemplo, oír voces que no existen)





La esquizofrenia suele aparecer en la adolescencia o al comienzo de la juventud. No aparece de repente, sino que se va desarrollando gradualmente y desde luego, no como consecuencia de una historia de ataques de pánico. Suele darse en familias donde hay otros miembros afectados, ya que suele ser un trastorno hereditario. Además es muy poco frecuente, de modo que si no se tiene la vulnerabilidad genética correspondiente, uno no se convertirá en esquizofrénico, por mucho estrés que se padezca. Una cosa son los trastornos emocionales, tal como la agorafobia con ataques de pánico, y otra muy distinta, los trastornos psicóticos; éstos no son nunca una consecuencia de los anteriores.


Más sensaciones en la ansiedad

Veamos a continuación la explicación real de otros síntomas que no son tan angustiosos pero que también se producen en las crisis de ansiedad.


Sensación en el estómago, boca seca, náuseas, estreñimiento, diarrea.

Al dispararse la respuesta de ansiedad, el sistema digestivo se paraliza. Comer y digerir el alimento es fundamental pero es más importante para sobrevivir en el momento no ser devorado por un depredador. Así que, el sistema digestivo cesa su actividad y, según el punto que estemos en proceso de alimentarnos, notaremos unas sensaciones u otras.


Sensación de cambios de temperatura

Como la sangre se acumula en las vísceras y en los músculos, la temperatura interior aumenta. La gente ansiosa se queja de calor y cuando nuestra temperatura sube hasta un determinado punto, los sistemas de refrigeración se ponen en marcha y empieza el sudor. Al mismo tiempo, el aporte de sangre a las zonas periféricas se reduce, con lo cual se puede notar frío en las extremidades, y el sudor tornarse frío cuando atraviesa la piel.


Sensación de pérdida de sensibilidad en zonas superficiales

Con el objetivo de no desangrarnos si somos heridos en la lucha, al estar ansiosos se produce una vasoconstricción de las venas y arterias cercanas a la piel. Al disminuir el riego sanguíneo nuestra piel se enfría y personas especialmente reactivas pueden sufrir pérdidas de sensibilidad e incluso parestesias, que se nos duerman las manos, la cara y los pies.


Sensación de que la luz nos molesta, cambios en la visión, manchas en la visión

En plena ansiedad, y con el objetivo de emplear nuestro campo visual para no ser sorprendidos por el enemigo, las pupilas se dilatan. Habitualmente la dilatación pupilar está controlada por la intensidad de la luz. Así pues, las pupilas pueden entrar en conflicto recibiendo dos mensajes contradictorios, el que proviene de la respuesta de la ansiedad y el habitual que proviene del grado de luminosidad ambiental. Ante esta confusión, el mensaje que recibe nuestro cerebro es confuso y la calidad de las imágenes que se decodifica puede ser inferior a la habitual.



Este artículo ha sido basado en la siguientes bibliografía:

- Tratamiento Psicológico del Pánico-Agorafobia. Pastor y Sevillá, 1995.
- Tratamiento Psicológico de la Hipocondría y la Ansiedad Generalizada. Sevillá y Pastor, 2011.
- Tratamiento Psicológico de la Fobia Social. Pastor y Sevillá, 2000.
- ¿Por qué las cebras no tienen úlceras? Robert Sapolsky.

viernes, 26 de septiembre de 2014

La ansiedad, ¿qué es? (I)

Corría el año 40.000 a.C. y un antiguo antepasado de nuestra especie se había separado del grupo de caza siguiendo el rastro de una gacela herida. No tendría mucho más de 14 años y su juventud le hacía tomar decisiones un tanto temerarias. Andaba con sigilo, mientras separaba con su lanza las hojas y arbustos de un bosque infinito. De repente, a unos pasos más allá se movieron las hojas de un pequeño arbusto. Entusiasmado pensó en la pronta caza de su presa y en las alabanzas que iba a recibir en el clan al cual pertenecía. Sin embargo detrás de la maleza lo que apareció fue la enorme cabeza de un tigre con dientes de sable. En un instante su cuerpo se tensó y pensó que la mejor estrategia era huir tan rápido como pudiera. Sus piernas se llenaron de energía, una energía tan poderosa que hicieron volar sus miembros hasta encaramarse a la copa de un árbol.  


En las sociedades post-industriales en las que vivimos parece que el viejo sistema de la ansiedad ha perdido parte de su utilidad. Este sistema nos permite dar respuestas inmediatas a situaciones de inminente peligro vital, proporcionando la fuerza para luchar o huir según dependa la situación. Sin embargo los peligros en la actualidad nada tienen que ver con los que sufrían nuestros antepasados hace 40.000 años en las selvas y sabanas que cubrían el planeta. Actualmente vivimos en robustos y seguros edificios, en nuestras calles los peligros reales son más bien reducidos y la naturaleza que nos rodea pocas veces es peligrosa. Pero esto no siempre ha sido así. Si hoy tú y yo estamos aquí ha sido porque la respuesta de ansiedad se puso en marcha en muchos momentos para salvarnos el “pellejo”. Sin embargo aunque la respuesta de la ansiedad quizás no sea tan necesaria ahora como hace miles de años, sigue siendo enormemente útil en situaciones en las que necesitamos una respuesta que nos salve de un peligro inmediato.

Todas las mañanas Pablito y su papá salían camino del colegio. Se acercaron al semáforo de siempre y esperaron a que se pusiera en verde para que pudieran pasar. El papá de Pablito inmerso en sus pensamientos empezó a cruzar el paso de cebra de manera automática al ver que el muñequito del semáforo le daba paso, sin darse cuenta que al fondo se acercaba un coche a gran velocidad. Pero en microsegundos sus sentidos percibieron el peligro y su sistema de ansiedad se activó a toda potencia. Sus piernas y brazos se cargaron de una energía colosal permitiéndole agarrar fuertemente del brazo a Pablito y lanzarlo unos metros mientras él saltaba para esquivar la segura envestida del descontrolado conductor.




Todo el mundo habla de la ansiedad, nervios, estrés, tensión, miedo ¿pero qué es realmente la ansiedad? La ansiedad no es ni más ni menos que un sofisticado sistema de supervivencia. Es un mecanismo destinado a hacer que los individuos de una especie sobrevivan a los peligros que el mundo les depara. Está presente en la mayoría de los organismos. Y en la especie humana su desarrollo es espectacular. Podemos afirmar que nuestra especie ha llegado hasta nuestros días porque en muchos momentos la respuesta de ansiedad nos salvó de una segura extinción en un mundo lleno de peligros.

La respuesta de ansiedad nos prepara para afrontar situaciones peligrosas de dos maneras: luchando o huyendo. Como le pasó a nuestro ancestro en el ejemplo anterior o al papá que iba con su hijo, la ansiedad nos permite una respuesta rápida y contundente. Y lo hace en dos vertientes: en la cognitiva (pensamiento de acción) y en la fuerza motora. La respuesta de ansiedad nos permite valorar rápidamente la situación decidiendo la mejor actuación y por otra parte nos llena de energía el cuerpo para poder desarrollar el plan de acción que hemos decidido en microsegundos.  

Como podemos ver, la ansiedad no es mala. Es un proceso natural e inevitable. Es imposible no ponernos nerviosos cuando nuestro cerebro percibe como peligrosa una situación. Y se dispara ante situaciones que valoramos de riesgo vital pero también se dispara de una forma más moderada ante situaciones nuevas o desconocidas, como hacer un viaje, iniciar un trabajo, hacer un examen importante o conocer gente nueva. La explicación es la misma, lo nuevo o desconocido podría ser potencialmente peligroso, y por ello entramos en un moderado estado de alerta.


Cuando la respuesta de ansiedad se "equivoca"

Sin embargo si la ansiedad no es mala como estamos viendo, por qué tiene tan mala prensa. Por qué muchas personas están asociando la ansiedad con malestar y con angustia. La explicación es la siguiente: aunque la respuesta de ansiedad es muy necesaria tal como hemos visto en los ejemplos anteriores, hay personas en las que esta respuesta se está disparando de manera continuada ante situaciones que no son peligrosas, pero que la persona sí que las está interpretando como si supusieran un riesgo real para ella. De esta manera el viejo sistema de la ansiedad se está disparando sin motivos reales pero desarrollando todo su potencial. Esto hace que la persona se sienta extraña y angustiada con un  montón de sensaciones que no entiende y que no están sirviendo para el objetivo que fueron creadas.


Rebeca es una alta ejecutiva de una multinacional farmacéutica. Su puesto de trabajo le obliga a visitar los laboratorios de distintas ciudades europeas, para lo cual necesita utilizar el avión de manera puntual pero continuada, alrededor de media docena de veces al año. Cada vez que la situación sobreviene le da un vuelco el estómago, nota mareo, sudor en las manos, taquicardia, tensión muscular, etc, etc. Cuando llega el día en el cual tiene que volar sus síntomas se incrementan. El momento del despegue es el peor; piensa inevitablemente que el avión va a colisionar con otro y siente una irremediable necesidad de salir corriendo de allí, lo que le obliga a tomarse varios ansiolíticos que ella misma fabrica en los laboratorios que va a visitar.

Lo que le pasa a Rebeca es un claro ejemplo de cómo nuestra vieja respuesta de ansiedad se dispara en una situación con un riesgo muy muy escaso. En la actualidad sabemos que el avión es el método de transporte más seguro. Todos los problemas de ansiedad tienen el mismo origen. Simplemente estamos valorando como peligrosas situaciones que verdaderamente no lo son y nuestro cerebro está reaccionando para salvarnos de un peligro que verdaderamente no existe.

Cuando nuestro cerebro interpreta una situación como potencialmente peligrosa prepara a nuestro cuerpo para la amenaza. Y aunque la persona que sufre de ansiedad le parezca increíble todas las sensaciones que tiene cuando sufre el golpe de ansiedad son totalmente inocuas e inofensivas. Sí que son muy incómodas y en muchos momentos angustiosas, pero repito, en absoluto son peligrosas. La misión de estas sensaciones aunque no lo entendamos en el momento es prepararnos para luchar o para huir.



Este artículo ha sido basado en la siguientes bibliografía:

- Tratamiento Psicológico del Pánico-Agorafobia. Pastor y Sevillá, 1995.
- Tratamiento Psicológico de la Hipocondría y la Ansiedad Generalizada. Sevillá y Pastor, 2011.
- Tratamiento Psicológico de la Fobia Social. Pastor y Sevillá, 2000.
- ¿Por qué las cebras no tienen úlceras? Robert Sapolsky.


sábado, 5 de julio de 2014

Educar contra el racismo: Nuestro papel como padres



Vivimos en un mundo cada vez más diverso. En nuestra infancia no podíamos imaginarnos un aula compuesta por alumnos de diferentes razas y culturas. Sin embargo en la actualidad eso es lo normal. Nuestros hijos comparten la clase con niños de orígenes, culturas y religiones muy diversas.

Sin embargo el hecho de una convivencia física de los niños en la misma aula no es garantía de integración de los diferentes grupos humanos que allí coexisten.

En general, en el ser humano, existe una tendencia a sentir temor por lo nuevo y diferente. Se trata de una reacción instintiva, que no se produce de la misma forma en todas las personas y que en la mayoría de los casos es una protección ante el descocimientos. Así, la primera forma de evitar las actitudes racistas es mostrar a los niños la diversidad y la diferencia como algo  normal y enriquecedor.

El discurso moral que podamos transmitir a nuestros hijos es importante, pero también lo será el discurso intelectual. El explicar por qué todos los seres humanos son iguales y tienen los mismos derechos. El razonar que todo el mundo merece respeto y tolerancia, que tiene derecho a las mismas oportunidades.

Nuestro papel como padres

Como padres podemos actuar en diversos aspectos para que hijos entiendan la diversidad como algo normal en el mundo en que vivimos y evitar así comentarios o actitudes racistas frente a personas de otras creencias, culturas o países. Si conseguimos que los siguientes factores estén presentes de una manera u otra en la educación de nuestros hijos los estaremos vacunando en gran medida para las creencias y comportamientos racistas.

- Fomentar la amistad con personas de otros países. Esta sería la estrategia más natural para sumergirnos en la diversidad y aceptarla con normalidad. Esto es aplicable tanto para el niño como para los padres. Que los niños nos vean conversando con normalidad y cercanía con personas de otras culturas favorecerá su similar comportamiento con sus compañeros de otras culturas. Y por su puesto si estas conversaciones dan pie a relaciones de amistad y convivencia el impacto educacional en nuestros hijos mayor será.

- Enseñar la música, los cuentos, la gastronomía y las tradiciones de otros lugares. De este modo los pequeños verán lo diferente como algo lúdico y divertido. Desde leer cuentos de otros países a enseñarles la gastronomía de otros lugares pueden ser buenas estrategias educativas y divertidas tanto para evitar actitudes racistas como para ampliar su visión del mundo más allá de las cuatro paredes culturas en las que estamos sumergidos.
http://www.educapeques.com/cuentos-infantiles-cortos/cuentos-del-mundo 

- Habla con tus hijos sobre el racismo. La comunicación que emplees con tu hijo para este asunto o para otros será fundamental en el elenco moral y motivacional que tendrá tu hijo en el futuro. Es fundamental no emplear palabras despectivas para referirse a personas de otras culturas o razas y también es importante no menospreciar sus tradiciones o maneras de ser. En todo caso las valoraciones que hagamos deben hacerse desde la racionalidad y no desde la supremacía moral que creamos tener. Es razonable hablar con nuestros hijos sobre el injusto papel que deja el mundo árabe en muchos momentos a las mujeres. Se puede razonar y se puede reflexionar sobre ello, pero sin transmitir que nuestro sistema moral-cultural occidental es el mejor o el único donde merece la pena vivir.

Es importante  remarcar que en muchos casos los chicos encontrarán en clase hijos de inmigrantes, que han llegado por varios motivos, algunos de ellos por necesidad. Comprender eso puede hacer que los compañeros les ayuden en su proceso de integración, especialmente en el caso de los adolescentes.


Según un estudio impulsado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, aún se registran muchas actitudes de discriminación en las aulas, por parte de algunos jóvenes que emplean los insultos racistas para ofender a compañeros suyos venidos de fuera.

Sin embargo, el mismo estudio también concluye que estas mismas actitudes cada vez provocan más rechazo entre los adolescentes que no las adoptan. Además, en las conclusiones, se observó que la influencia de la familia es determinante en la actitud de los alumnos.


*Artículo basado en: Claves para una educación contra el racismo


lunes, 28 de abril de 2014

Enojarse es fácil. Hacerlo bien es más difícil pero posible e imprescindible







"Enojarse es fácil, pero enojarse en la magnitud adecuada, con la persona adecuada, en el momento adecuado eso es cosa de sabios"


Aristóteles (384 a.C. - 322 a.C.), filósofo griego











Añadiría dos matices a esta frase de Aristóteles que tanto me gusta. El primer matiz es que además de enfadarse adecuadamente más importante si cabe es poner consecuencias al asunto. El triste pero desgraciadamente hay personas que no es suficiente con un correcto enfado. Hay que añadir consecuencias claras sobre su conducta para que acaben de entender lo que les pedimos. El segundo matiz que añadiría es que conseguir enfadarse adecuadamente no sólo es cosa de sabios, por lo menos a estas alturas de la historia. También lo consiguen personas normales que mediante la práctica con asesoramiento psicológico o por propia intuición muestran conductas comunicativas de enojo con elegancia y respeto a la persona increpada. Pero ciertamente y como bien apunta Aristóteles ya en el siglo IV a.C. bien difícil es atinar en el cómo, el cuándo y el qué decir a la persona que nos frustra sin caer en los dos errores típicos cuando alguien nos enerva:: la callada por respuesta o el pasarse cuatro pueblos.

El mundo de las emociones es infinito en matices. Y en posibilidades de mejora. E infinitamente complejo a veces de abordar. Las emociones son energía. Y es fundamental que la psique encauce bien las emociones que desarrollamos los seres humanos para conseguir una salud psíquica razonable.

A todos ustedes les sonará lo que a continuación les voy describir: A veces pensamos que es mejor no quejarse mucho. Que es mejor callar. Enfrenarse es difícil y además puede haber consecuencias muy malas para nosotros. Así que optamos por la callada por respuesta. Y decimos cosas como "no importa", "no pasa nada" o simplemente esbozamos un sonrisita inquieta de aceptación ante una situación que consideramos totalmente injusta. Todos los poros de  nuestra piel se sublevan ante esta situación, pero al final el pensar que no es importante, que puede ser peor decir algo o simplemente el pensar que ya se dará cuenta... hacen que al final no digamos nada. 

Cada vez que ocurren situaciones como las anteriores, las cuales consideramos injustas pero no respondemos, la energía mental no liberada que produce esa emoción negativa se sublima de manera indirecta en nuestro cuerpo produciendo dolencias psicosomáticas del tipo: dolores difusos, cefaleas, catarros crónicos, lumbalgias, etc, etc. Y además otras trastornos de tipo psicológico relacionados con la ansiedad y la depresión.

Lo que a continuación les voy a contar seguramente también les va a sonar: Cuando optamos por conductas de comunicación pasivas o inhibidas acumulamos un nivel importante de frustración. No decir lo que pensamos y "esperar" que el otro se de cuenta, va cargando nuestro vaso emocional. Estamos más "bordes" o "no le hablamos" para hacerle sabedor de nuestro enfado. Pero con estas estrategias es tan difícil que el otro se de cuenta como que te toque la lotería sin jugar un solo boleto. Y así vamos acumulando y acumulando mala leche. Hasta que llega un día que al menor "error" que comente la otra persona explotamos con una virulencia que ni el volcán de Pompeya. Soltamos por nuestra linda boquita una cantidad de improperios que ni la mismísima niña del exorcista sería capaz de elucubrar. Reproches y más reproches que se pueden retrotraer a años y años atrás. Mientras la persona increpada no da crédito a sus ojos al ver que semejante bronca se organice por tal nimiedad. No entiende nada. Y cuando el huracán pasa y pierde la fuerza nos damos cuenta del "error" y pensamos "me he pasado". Acto seguido hacemos acto de contrición y volvemos al viejo hábito de callarnos para no dar problemas creando poco a poco nuevos polvos que traerán en el futuro toneladas de lodos.




Cuánta razón tenía Aristóteles: Hay que enfadarse bien, en la frecuencia y magnitud adecuada, en la forma y momento adecuado. Pero hay que soltar la energía mental que se produce en las frustraciones porque el monte Vesubio puede ser un juego de niños en comparación con la explosión de ira que un ser humano puede llegar a realizar.


domingo, 13 de abril de 2014

Consejos para crear una sana autoestima en nuestros hijos



La autoestima es uno de los asuntos más tratados en la psicología. Es el aprecio y valoración que tenemos por nosotros mismos. Y es uno de los mejores activos personales que podemos poseer. Existe una gran diferencia entre las personas que poseen una sana autoestima y las que no. Y esta diferencia se cristaliza desde la sensación subjetiva de felicidad hasta los objetivos que consiguen en la vida.

Como padres tenemos mucho que decir y mucho que hacer en la construcción de una buena autoestima en nuestros hijos.

Para empezar me gustaría resaltar la gran diferencia entre fomentar la autoestima y la soberbia, conceptos que a veces se confunden. La soberbia va ligada a la competitividad, al perfeccionismo. A la presión paternal para conseguir que nuestro hijo sea el “mejor”. Ese no es el camino de la autoestima. La autoestima es amor a uno mismo y a los demás. Es respecto a si mismo y a los demás.

A continuación os describo algunas pautas que sería muy interesante que siguiéramos:

  • Mantener una comunicación asertiva

El germen para la consecución de una buena autoestima en nuestros hijos es ser capaces como padres de mantener una comunicación asertiva con ellos. Por el efecto que deja en ellos y por el modelamiento que provocamos.

  • Focaliza en sus virtudes

Haz un listado de las cosas buenas que hace tu hijo/a y conscientemente presta atención a estos aspectos. Te sorprenderán las cosas que pueden aparecer. Intentar no hacer un mundo de lo “malo”

  •  No lo etiquetes

No generalices en aspectos negativos. No le digas que es un desastre, vago o desordenado. Céntrate en lo que hace mal, en lo concreto y no en la persona. La profecía autocumplida es un hecho que ocurre.

  •  Ofrece a tu hijo/a oportunidades para que tenga éxito

Es bueno que los niños sientan el éxito en alguna de las actividades que puedan hacer. Si es bueno en algo, ofrécele oportunidades para que destaque en ello.

  • No evites la frustración (con moderación)

Un padre no puede tener el control de todo lo que ocurre alrededor de su hijo. Y tampoco es bueno evitar cualquier malestar en nuestro hijo o situación dificultosa. Pero también es cierto que no es bueno exponerle experiencias difíciles o que no son acordes a su edad, o que se le dan especialmente mal, se sentirá frustrado en exceso.

  • Dale oportunidades para que se socialice

La socialización correcta será uno de los pilares básicos de su bienestar. Tiene que relacionarse con sus iguales para madurar e integrarse. Para los niños con más dificultades tened paciencia y preparar las situaciones para que se pueda ir introduciendo en las situaciones de manera natural.

  • Enséñale el valor de las pequeñas cosas. Hable con él. Juegue con él. Pase tiempo con él.

El día a día hace que perdamos a veces el valor de lo importante. Y lo importante es poder jugar con tus hijos, prestarles atención cuando hablan, perder tiempo en explicarles las cosas. Hacerles sentir deseados y queridos.

  • Evita comparar a tu hijo/a con otros niño/as

Si quieres que tu hijo/a sea una persona feliz, segura de sí misma y con una alta autoestima, no lo compares con sus hermanos, sus vecinos, sus primos o con el resto de sus compañeros. Ten en cuenta que cada niño es único y especial. Comparar a tu niño con otros es el germen de la rivalidad, la envidia y los celos. Y la puerta a la inseguridad.

  •  Procura no “machacarle” cuando se equivoca. No le hagas sentir culpable

Un niño aprenderá acerca de las situaciones cotidianas de la vida a partir de sus aciertos, pero sobre todo de sus errores. Están en un continuo aprendizaje y exploración. Y los errores son comunes. La rectificación de los errores deben realizarse de manera asertiva. Con claridad pero sin excesiva crítica. Y asumiendo consecuencias.

  •  Cree ciegamente en tu hijo/a. Hazle sentir seguro

Los niños suelen sentir temor ante los desafíos. No muestres la más mínima sensación de inseguridad con respecto al buen desarrollo de la conducta que teman. Eres un espejo para ellos y si te ven seguros ellos lo estarán. Igualmente hazle ambicioso en probar nuevas conductas, nuevos retos. Sin temeridad pero sí con valentía.

  •  Quiérelo con locura

El amor a raudales es la gasolina de la autoestima. Nadie se quiere, por muy bien que haga las cosas, sino lo han querido. Abrazos inesperados, besos, caricias, halagos, etc, etc…

  • Enséñale valores

Hábitos saludables, amor a los animales y la naturaleza, solidaridad, igualdad entre sexos, resolución de conflictos, valoración de la no violencia, alimentación sana, el valor del esfuerzo y sacrificio, etc, etc