miércoles, 15 de octubre de 2014

La ansiedad, ¿qué es? (III) El funcionamiento y las consecuencias reales de los trastornos de ansiedad

Curva de intensidad en la respuesta de ansiedad
Una característica genuina de la respuesta de ansiedad es su corta durabilidad. Es un mecanismo muy potente que puede dispararse a altísimas intensidades pero nunca durar mucho a una alta intensidad. Sí que es cierto que a intensidad moderada los síntomas de ansiedad pueden alargarse en el tiempo. Y la respuesta de por qué la respuesta de ansiedad en intensidades muy elevadas no puede ser muy larga en el tiempo es la siguiente. Da igual si es luchar contra una fiera salvaje o esquivar a un coche. El desenlace ocurrirá rápido. Esta temporalidad corta está basada en las características de nuestro sistema nervioso. El sistema nervioso autónomo, que da base biológica a todos los cambios corporales, bioquímicos y hormonales que producen la ansiedad, está a su vez basado en dos subsistemas: el sistema nervioso simpático y el sistema parasimpático. El primero, el simpático, activa el proceso generando la ansiedad, y el segundo, el parasimpático lo controla. Este control va a provocar dos efectos: que este proceso no dure demasiado tiempo y que la intensidad del malestar no llegue a ser tan alta que nos pueda dañar. ¿Qué sentido tendría que aquello que la naturaleza ha diseñado para protegernos, nos hiciera daño? Ninguno. En este sentido la ansiedad no es peligrosa, no te puede pasar nada malo por estar ansioso; eso sí, es incómoda y desagradable.

Una vez el sistema ha vuelto a la normalidad, podemos sentirnos muy cansados, o tener dolor de cabeza, o de espalda u otras sensaciones. Es normal, se debe a que nuestro organismo ha consumido mucha energía y hemos tensado mucho la musculatura.

En resumidas cuentas, la respuesta de ansiedad no puede durar mucho y nunca nos hará daño.


La respuesta de ansiedad convertida en trastorno de ansiedad

La ansiedad tiene su razón de ser cuando afrontamos situaciones peligrosas, circunstancias en que nuestra vida corre realmente peligro. Pero, ¿qué pasa cuando el programa de la ansiedad se conecta ante situaciones que no son peligrosas? Es en estos casos cuando la ansiedad se convierte en un problema y aparecen los trastornos de ansiedad. Un trastorno de ansiedad se podría definir como una reacción de ansiedad en principio adaptativa, saludable, que se activa ante una situación no peligrosa, ante una situación en que no debería activarse. Por ejemplo, una persona con fobia a volar, como vimos antes, percibe el avión como una trampa mortal y al procesar ese escenario como peligroso, la vieja respuesta de ansiedad se dispara. La explicación a este proceso está en la conexión. El problema de esta persona no está en la bioquímica de su cerebro ni en que su sistema nervioso autónomo esté desregulado, sino que a través de determinadas experiencias, conectó la situación de volar con un peligro inminente. Esta es la razón de todos los trastornos de ansiedad. Las personas que los sufren asociaron las situaciones que les producen miedo con catástrofe, con horror, con peligro. El problema es siempre la conexión equivocada, nunca la propia respuesta de ansiedad, que por sí misma es natural y saludable. Así pues, el tratamiento tendrá como objetivo no eliminar la respuesta de ansiedad, sino desconectarla de las situaciones aprendidas como peligrosas y que verdaderamente no lo son.


Las únicas consecuencias de la ansiedad prolongada

Hemos insistido en la idea de que la ansiedad no es peligrosa, aunque sí incómoda y desagradable. Por otra parte, en personas especialmente sensibles y que llevan mucho tiempo sufriendo un trastorno de ansiedad, podrían llegar a desarrollar algún desajuste psicofisiológico leve. Por ejemplo, sabemos que algunos problemas digestivos, como el colon irritable, pueden verse favorecidos por la ansiedad sostenida. O sucedería lo mismo con las cefaleas tensionales, la dermatitis atópica, el asma, o las alopecias. Probablemente lo que sucede es que la activación constante del programa de ansiedad acaba de alguna forma afectando algún aspecto no vital del organismo. Un ejemplo que ayudará a comprender este proceso sería el que sucede en gente que hace demasiado ejercicio físico. El entrenamiento y el deporte son saludables, pero cuando se abusa de ellos, y no se respetan los tiempos de recuperación adecuados, pueden llegar a provocar pequeños desajustes biológicos.



Este artículo ha sido basado en la siguientes bibliografía:

- Tratamiento Psicológico del Pánico-Agorafobia. Pastor y Sevillá, 1995.
- Tratamiento Psicológico de la Hipocondría y la Ansiedad Generalizada. Sevillá y Pastor, 2011.
- Tratamiento Psicológico de la Fobia Social. Pastor y Sevillá, 2000.
- ¿Por qué las cebras no tienen úlceras? Robert Sapolsky.

lunes, 13 de octubre de 2014

La ansiedad, ¿qué es? (II) Los falsos mitos de la respuesta de ansiedad

A continuación describiremos y explicaremos las principales sensaciones que notamos cuando estamos ansiosos y los falsos mitos que normalmente asociamos así como su explicación real en términos de respuesta de ansiedad.


Taquicardia, palpitaciones, opresión en el pecho, dolor en la región precordial: “me está dando un ataque al corazón”

Cuando nos ponemos ansiosos, el cuerpo se prepara para una vigorosa actividad física. Los músculos se alimentan de azúcar y oxígeno y todo esto llega a través de la sangre. Por lo tanto el flujo sanguíneo se aumenta provocando palpitaciones y taquicardias. Sin embargo cuando notamos estas sensaciones estando sentados en la butaca de un avión o dando un paseo es normal pensar a veces que nos está dando un ataque al corazón y vamos a morir. Pero nada más lejos de la realidad. Lo que verdaderamente ocurre es que nuestro corazón funciona a la perfección y está subiendo la actividad para suministrar energía a nuestros músculos alertados falsamente.

Sabemos que el ataque al corazón produce casi siempre grandes cambios eléctricos en el corazón que pueden apreciarse fácilmente en el electrocardiograma. En contraste, el único cambio que se aprecia en el electrocardiograma durante los ataques de pánico es un aumento del ritmo cardíaco.

La ansiedad, el estrés o el pánico NO provocan ataques cardíacos. Para que éstos tengan lugar, deben darse varias de las siguientes condiciones, algunas de las cuales están interrelacionadas: Lesión grave en el corazón o en las arterias, exceso elevado de ácidos grasos en la sangre, dieta incorrecta (por ejemplo, consumo excesivo de grasas), sobrepeso, vida sedentaria, consumo excesivo de alcohol, tabaco y/u otras drogas, hipertensión arterial. También son factores de riesgo el tener antecedentes familiares y el ser varón. El estrés o la ansiedad excesiva pueden aumentar el riesgo cuando se combina con las condiciones anteriores, pero por sí solos no dan lugar a ataques cardíacos.


Sensación de inestabilidad, mareos, vértigos: “me voy a desmayar”

Las personas que experimentan mareo, vértigo o sensación de inestabilidad durante el golpe de ansiedad pueden tener miedo de desmayarse o perder el conocimiento. Sin embargo, la probabilidad de que esto ocurra es nula. Para que tenga lugar un desmayo debe haber un descenso del ritmo cardíaco y una bajada notable de la presión arterial. Sin embargo, cuando se experimenta una fuerte ansiedad o pánico, ocurre todo lo contrario: el ritmo cardíaco y la presión sanguínea aumentan. ¿Cómo se explica entonces la sensación de mareo? Sencillamente, como parte de la reacción de emergencia ante el peligro, el corazón envía más sangre hacia los músculos (para poder correr o luchar) y relativamente menos al cerebro. Esto significa que hay una pequeña caída de oxígeno en el cerebro y esta es la razón de que uno pueda sentirse mareado. Sin embargo, esta sensación no significa que uno se va a desmayar, ya que la presión sanguínea global es alta, no baja.

Las personas que se han desmayado anteriormente, pueden comparar las sensaciones que preceden a un desmayo real con las que experimentan durante un ataque de pánico. Nunca son las mismas. Antes de desmayarse, la gente siente frecuentemente que se está desvaneciendo; es como un alejamiento progresivo de la realidad, como ir sumiéndose en un sueño. En cambio, durante un ataque, la gente está terriblemente consciente de sus intensas sensaciones de mareo y de otras posibles sensaciones acompañantes.


Sensación de falta de aire y dificultad para respirar: “me estoy ahogando”

Cuando estamos muy nerviosos respiramos más rápida y profundamente. Esto forma parte también de la respuesta de emergencia, ya que se necesita más oxígeno si se va a luchar o a correr para escapar. Pero al no gastar verdaderamente este oxígeno provocamos una hiperoxigenación de nuestra sangre. Esto hace que el cerebro mande descender la frecuencia respiratoria produciéndose sensaciones ahogo. Aunque estas sensaciones son reales el temor a ahogarse es totalmente falso puesto que paradójicamente nuestros pulmones cesan de respirar por la sobreabundancia de oxígeno que posee nuestra sangre.

El intentar compensar esto mediante una mayor respiración voluntaria hace que siga el estado de hiperventilación y la sensación de falta de aire. Lo que hay que hacer es respirar lenta, regular y diafragmáticamente. En ningún caso se va a producir una parada respiratoria completa. Cuando se comienza a respirar lenta y superficialmente, el oxígeno empieza a descender en la sangre y la respiración se vuelve poco a poco normal.


Sensación de tensión muscular, dolor en la cabeza y espalda, contracturas, calambres, temblores y sensación de piernas débiles: “voy a perder el control”

Algunas personas creen que van a perder el control durante los ataques de ansiedad. El significado de esto puede ser quedarse totalmente paralizado y no ser capaz de moverse, hacer cosas extrañas o ridículas, correr sin rumbo, gritar, proferir obscenidades, romper objetos, agredir a otros, tirarse por la ventana, etc. Sin embargo, esta sensación de pérdida de control no se corresponde con la realidad. Cuando estamos ante una crisis de ansiedad no se pierde el control JAMÁS, NUNCA; en el peor de los casos, escapamos de la situación hacia un sitio más seguro, lo cual no es precisamente una falta de control. De hecho, como se ha dicho antes, el ataque de pánico no es sino un ejemplo de respuesta de emergencia ante un peligro percibido (que no tiene por qué ser real), de modo que se favorece la respuesta de huida. Es posible que uno tenga alguna sensación de confusión o irrealidad, pero se conserva la capacidad de pensar y actuar de cara a ponerse a salvo. La reacción de emergencia no produce parálisis ni va dirigida a hacer daño ni a sí mismo ni a personas que no constituyen ninguna amenaza.


"El Grito", cuadro de Edvard Munch

Sensación de irrealidad, percepciones extrañas, descontrol en los pensamientos: “me estoy volviendo loco”

Ciertos síntomas durante los ataques de pánico –tales como sensación de irrealidad, visión borrosa, ver lucecitas, confusión mental- pueden conducir a pensar que uno se va a volver loco. Sin embargo, estos son síntomas de la reacción de emergencia ante una situación externa o interna que se considera peligrosa, no tienen nada que ver con la locura. Cuando hablamos de ésta, nos referimos normalmente a un trastorno muy severo llamado esquizofrenia. Esta se caracteriza por pensamientos y lenguaje incoherentes y sin sentido, creencias delirantes (por ejemplo, creencia de que los propios pensamientos son impuestos por seres de otros mundos) y alucinaciones (por ejemplo, oír voces que no existen)





La esquizofrenia suele aparecer en la adolescencia o al comienzo de la juventud. No aparece de repente, sino que se va desarrollando gradualmente y desde luego, no como consecuencia de una historia de ataques de pánico. Suele darse en familias donde hay otros miembros afectados, ya que suele ser un trastorno hereditario. Además es muy poco frecuente, de modo que si no se tiene la vulnerabilidad genética correspondiente, uno no se convertirá en esquizofrénico, por mucho estrés que se padezca. Una cosa son los trastornos emocionales, tal como la agorafobia con ataques de pánico, y otra muy distinta, los trastornos psicóticos; éstos no son nunca una consecuencia de los anteriores.


Más sensaciones en la ansiedad

Veamos a continuación la explicación real de otros síntomas que no son tan angustiosos pero que también se producen en las crisis de ansiedad.


Sensación en el estómago, boca seca, náuseas, estreñimiento, diarrea.

Al dispararse la respuesta de ansiedad, el sistema digestivo se paraliza. Comer y digerir el alimento es fundamental pero es más importante para sobrevivir en el momento no ser devorado por un depredador. Así que, el sistema digestivo cesa su actividad y, según el punto que estemos en proceso de alimentarnos, notaremos unas sensaciones u otras.


Sensación de cambios de temperatura

Como la sangre se acumula en las vísceras y en los músculos, la temperatura interior aumenta. La gente ansiosa se queja de calor y cuando nuestra temperatura sube hasta un determinado punto, los sistemas de refrigeración se ponen en marcha y empieza el sudor. Al mismo tiempo, el aporte de sangre a las zonas periféricas se reduce, con lo cual se puede notar frío en las extremidades, y el sudor tornarse frío cuando atraviesa la piel.


Sensación de pérdida de sensibilidad en zonas superficiales

Con el objetivo de no desangrarnos si somos heridos en la lucha, al estar ansiosos se produce una vasoconstricción de las venas y arterias cercanas a la piel. Al disminuir el riego sanguíneo nuestra piel se enfría y personas especialmente reactivas pueden sufrir pérdidas de sensibilidad e incluso parestesias, que se nos duerman las manos, la cara y los pies.


Sensación de que la luz nos molesta, cambios en la visión, manchas en la visión

En plena ansiedad, y con el objetivo de emplear nuestro campo visual para no ser sorprendidos por el enemigo, las pupilas se dilatan. Habitualmente la dilatación pupilar está controlada por la intensidad de la luz. Así pues, las pupilas pueden entrar en conflicto recibiendo dos mensajes contradictorios, el que proviene de la respuesta de la ansiedad y el habitual que proviene del grado de luminosidad ambiental. Ante esta confusión, el mensaje que recibe nuestro cerebro es confuso y la calidad de las imágenes que se decodifica puede ser inferior a la habitual.



Este artículo ha sido basado en la siguientes bibliografía:

- Tratamiento Psicológico del Pánico-Agorafobia. Pastor y Sevillá, 1995.
- Tratamiento Psicológico de la Hipocondría y la Ansiedad Generalizada. Sevillá y Pastor, 2011.
- Tratamiento Psicológico de la Fobia Social. Pastor y Sevillá, 2000.
- ¿Por qué las cebras no tienen úlceras? Robert Sapolsky.

viernes, 26 de septiembre de 2014

La ansiedad, ¿qué es? (I)

Corría el año 40.000 a.C. y un antiguo antepasado de nuestra especie se había separado del grupo de caza siguiendo el rastro de una gacela herida. No tendría mucho más de 14 años y su juventud le hacía tomar decisiones un tanto temerarias. Andaba con sigilo, mientras separaba con su lanza las hojas y arbustos de un bosque infinito. De repente, a unos pasos más allá se movieron las hojas de un pequeño arbusto. Entusiasmado pensó en la pronta caza de su presa y en las alabanzas que iba a recibir en el clan al cual pertenecía. Sin embargo detrás de la maleza lo que apareció fue la enorme cabeza de un tigre con dientes de sable. En un instante su cuerpo se tensó y pensó que la mejor estrategia era huir tan rápido como pudiera. Sus piernas se llenaron de energía, una energía tan poderosa que hicieron volar sus miembros hasta encaramarse a la copa de un árbol.  


En las sociedades post-industriales en las que vivimos parece que el viejo sistema de la ansiedad ha perdido parte de su utilidad. Este sistema nos permite dar respuestas inmediatas a situaciones de inminente peligro vital, proporcionando la fuerza para luchar o huir según dependa la situación. Sin embargo los peligros en la actualidad nada tienen que ver con los que sufrían nuestros antepasados hace 40.000 años en las selvas y sabanas que cubrían el planeta. Actualmente vivimos en robustos y seguros edificios, en nuestras calles los peligros reales son más bien reducidos y la naturaleza que nos rodea pocas veces es peligrosa. Pero esto no siempre ha sido así. Si hoy tú y yo estamos aquí ha sido porque la respuesta de ansiedad se puso en marcha en muchos momentos para salvarnos el “pellejo”. Sin embargo aunque la respuesta de la ansiedad quizás no sea tan necesaria ahora como hace miles de años, sigue siendo enormemente útil en situaciones en las que necesitamos una respuesta que nos salve de un peligro inmediato.

Todas las mañanas Pablito y su papá salían camino del colegio. Se acercaron al semáforo de siempre y esperaron a que se pusiera en verde para que pudieran pasar. El papá de Pablito inmerso en sus pensamientos empezó a cruzar el paso de cebra de manera automática al ver que el muñequito del semáforo le daba paso, sin darse cuenta que al fondo se acercaba un coche a gran velocidad. Pero en microsegundos sus sentidos percibieron el peligro y su sistema de ansiedad se activó a toda potencia. Sus piernas y brazos se cargaron de una energía colosal permitiéndole agarrar fuertemente del brazo a Pablito y lanzarlo unos metros mientras él saltaba para esquivar la segura envestida del descontrolado conductor.




Todo el mundo habla de la ansiedad, nervios, estrés, tensión, miedo ¿pero qué es realmente la ansiedad? La ansiedad no es ni más ni menos que un sofisticado sistema de supervivencia. Es un mecanismo destinado a hacer que los individuos de una especie sobrevivan a los peligros que el mundo les depara. Está presente en la mayoría de los organismos. Y en la especie humana su desarrollo es espectacular. Podemos afirmar que nuestra especie ha llegado hasta nuestros días porque en muchos momentos la respuesta de ansiedad nos salvó de una segura extinción en un mundo lleno de peligros.

La respuesta de ansiedad nos prepara para afrontar situaciones peligrosas de dos maneras: luchando o huyendo. Como le pasó a nuestro ancestro en el ejemplo anterior o al papá que iba con su hijo, la ansiedad nos permite una respuesta rápida y contundente. Y lo hace en dos vertientes: en la cognitiva (pensamiento de acción) y en la fuerza motora. La respuesta de ansiedad nos permite valorar rápidamente la situación decidiendo la mejor actuación y por otra parte nos llena de energía el cuerpo para poder desarrollar el plan de acción que hemos decidido en microsegundos.  

Como podemos ver, la ansiedad no es mala. Es un proceso natural e inevitable. Es imposible no ponernos nerviosos cuando nuestro cerebro percibe como peligrosa una situación. Y se dispara ante situaciones que valoramos de riesgo vital pero también se dispara de una forma más moderada ante situaciones nuevas o desconocidas, como hacer un viaje, iniciar un trabajo, hacer un examen importante o conocer gente nueva. La explicación es la misma, lo nuevo o desconocido podría ser potencialmente peligroso, y por ello entramos en un moderado estado de alerta.


Cuando la respuesta de ansiedad se "equivoca"

Sin embargo si la ansiedad no es mala como estamos viendo, por qué tiene tan mala prensa. Por qué muchas personas están asociando la ansiedad con malestar y con angustia. La explicación es la siguiente: aunque la respuesta de ansiedad es muy necesaria tal como hemos visto en los ejemplos anteriores, hay personas en las que esta respuesta se está disparando de manera continuada ante situaciones que no son peligrosas, pero que la persona sí que las está interpretando como si supusieran un riesgo real para ella. De esta manera el viejo sistema de la ansiedad se está disparando sin motivos reales pero desarrollando todo su potencial. Esto hace que la persona se sienta extraña y angustiada con un  montón de sensaciones que no entiende y que no están sirviendo para el objetivo que fueron creadas.


Rebeca es una alta ejecutiva de una multinacional farmacéutica. Su puesto de trabajo le obliga a visitar los laboratorios de distintas ciudades europeas, para lo cual necesita utilizar el avión de manera puntual pero continuada, alrededor de media docena de veces al año. Cada vez que la situación sobreviene le da un vuelco el estómago, nota mareo, sudor en las manos, taquicardia, tensión muscular, etc, etc. Cuando llega el día en el cual tiene que volar sus síntomas se incrementan. El momento del despegue es el peor; piensa inevitablemente que el avión va a colisionar con otro y siente una irremediable necesidad de salir corriendo de allí, lo que le obliga a tomarse varios ansiolíticos que ella misma fabrica en los laboratorios que va a visitar.

Lo que le pasa a Rebeca es un claro ejemplo de cómo nuestra vieja respuesta de ansiedad se dispara en una situación con un riesgo muy muy escaso. En la actualidad sabemos que el avión es el método de transporte más seguro. Todos los problemas de ansiedad tienen el mismo origen. Simplemente estamos valorando como peligrosas situaciones que verdaderamente no lo son y nuestro cerebro está reaccionando para salvarnos de un peligro que verdaderamente no existe.

Cuando nuestro cerebro interpreta una situación como potencialmente peligrosa prepara a nuestro cuerpo para la amenaza. Y aunque la persona que sufre de ansiedad le parezca increíble todas las sensaciones que tiene cuando sufre el golpe de ansiedad son totalmente inocuas e inofensivas. Sí que son muy incómodas y en muchos momentos angustiosas, pero repito, en absoluto son peligrosas. La misión de estas sensaciones aunque no lo entendamos en el momento es prepararnos para luchar o para huir.



Este artículo ha sido basado en la siguientes bibliografía:

- Tratamiento Psicológico del Pánico-Agorafobia. Pastor y Sevillá, 1995.
- Tratamiento Psicológico de la Hipocondría y la Ansiedad Generalizada. Sevillá y Pastor, 2011.
- Tratamiento Psicológico de la Fobia Social. Pastor y Sevillá, 2000.
- ¿Por qué las cebras no tienen úlceras? Robert Sapolsky.


sábado, 5 de julio de 2014

Educar contra el racismo: Nuestro papel como padres



Vivimos en un mundo cada vez más diverso. En nuestra infancia no podíamos imaginarnos un aula compuesta por alumnos de diferentes razas y culturas. Sin embargo en la actualidad eso es lo normal. Nuestros hijos comparten la clase con niños de orígenes, culturas y religiones muy diversas.

Sin embargo el hecho de una convivencia física de los niños en la misma aula no es garantía de integración de los diferentes grupos humanos que allí coexisten.

En general, en el ser humano, existe una tendencia a sentir temor por lo nuevo y diferente. Se trata de una reacción instintiva, que no se produce de la misma forma en todas las personas y que en la mayoría de los casos es una protección ante el descocimientos. Así, la primera forma de evitar las actitudes racistas es mostrar a los niños la diversidad y la diferencia como algo  normal y enriquecedor.

El discurso moral que podamos transmitir a nuestros hijos es importante, pero también lo será el discurso intelectual. El explicar por qué todos los seres humanos son iguales y tienen los mismos derechos. El razonar que todo el mundo merece respeto y tolerancia, que tiene derecho a las mismas oportunidades.

Nuestro papel como padres

Como padres podemos actuar en diversos aspectos para que hijos entiendan la diversidad como algo normal en el mundo en que vivimos y evitar así comentarios o actitudes racistas frente a personas de otras creencias, culturas o países. Si conseguimos que los siguientes factores estén presentes de una manera u otra en la educación de nuestros hijos los estaremos vacunando en gran medida para las creencias y comportamientos racistas.

- Fomentar la amistad con personas de otros países. Esta sería la estrategia más natural para sumergirnos en la diversidad y aceptarla con normalidad. Esto es aplicable tanto para el niño como para los padres. Que los niños nos vean conversando con normalidad y cercanía con personas de otras culturas favorecerá su similar comportamiento con sus compañeros de otras culturas. Y por su puesto si estas conversaciones dan pie a relaciones de amistad y convivencia el impacto educacional en nuestros hijos mayor será.

- Enseñar la música, los cuentos, la gastronomía y las tradiciones de otros lugares. De este modo los pequeños verán lo diferente como algo lúdico y divertido. Desde leer cuentos de otros países a enseñarles la gastronomía de otros lugares pueden ser buenas estrategias educativas y divertidas tanto para evitar actitudes racistas como para ampliar su visión del mundo más allá de las cuatro paredes culturas en las que estamos sumergidos.
http://www.educapeques.com/cuentos-infantiles-cortos/cuentos-del-mundo 

- Habla con tus hijos sobre el racismo. La comunicación que emplees con tu hijo para este asunto o para otros será fundamental en el elenco moral y motivacional que tendrá tu hijo en el futuro. Es fundamental no emplear palabras despectivas para referirse a personas de otras culturas o razas y también es importante no menospreciar sus tradiciones o maneras de ser. En todo caso las valoraciones que hagamos deben hacerse desde la racionalidad y no desde la supremacía moral que creamos tener. Es razonable hablar con nuestros hijos sobre el injusto papel que deja el mundo árabe en muchos momentos a las mujeres. Se puede razonar y se puede reflexionar sobre ello, pero sin transmitir que nuestro sistema moral-cultural occidental es el mejor o el único donde merece la pena vivir.

Es importante  remarcar que en muchos casos los chicos encontrarán en clase hijos de inmigrantes, que han llegado por varios motivos, algunos de ellos por necesidad. Comprender eso puede hacer que los compañeros les ayuden en su proceso de integración, especialmente en el caso de los adolescentes.


Según un estudio impulsado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, aún se registran muchas actitudes de discriminación en las aulas, por parte de algunos jóvenes que emplean los insultos racistas para ofender a compañeros suyos venidos de fuera.

Sin embargo, el mismo estudio también concluye que estas mismas actitudes cada vez provocan más rechazo entre los adolescentes que no las adoptan. Además, en las conclusiones, se observó que la influencia de la familia es determinante en la actitud de los alumnos.


*Artículo basado en: Claves para una educación contra el racismo


lunes, 28 de abril de 2014

Enojarse es fácil. Hacerlo bien es más difícil pero posible e imprescindible







"Enojarse es fácil, pero enojarse en la magnitud adecuada, con la persona adecuada, en el momento adecuado eso es cosa de sabios"


Aristóteles (384 a.C. - 322 a.C.), filósofo griego











Añadiría dos matices a esta frase de Aristóteles que tanto me gusta. El primer matiz es que además de enfadarse adecuadamente más importante si cabe es poner consecuencias al asunto. El triste pero desgraciadamente hay personas que no es suficiente con un correcto enfado. Hay que añadir consecuencias claras sobre su conducta para que acaben de entender lo que les pedimos. El segundo matiz que añadiría es que conseguir enfadarse adecuadamente no sólo es cosa de sabios, por lo menos a estas alturas de la historia. También lo consiguen personas normales que mediante la práctica con asesoramiento psicológico o por propia intuición muestran conductas comunicativas de enojo con elegancia y respeto a la persona increpada. Pero ciertamente y como bien apunta Aristóteles ya en el siglo IV a.C. bien difícil es atinar en el cómo, el cuándo y el qué decir a la persona que nos frustra sin caer en los dos errores típicos cuando alguien nos enerva:: la callada por respuesta o el pasarse cuatro pueblos.

El mundo de las emociones es infinito en matices. Y en posibilidades de mejora. E infinitamente complejo a veces de abordar. Las emociones son energía. Y es fundamental que la psique encauce bien las emociones que desarrollamos los seres humanos para conseguir una salud psíquica razonable.

A todos ustedes les sonará lo que a continuación les voy describir: A veces pensamos que es mejor no quejarse mucho. Que es mejor callar. Enfrenarse es difícil y además puede haber consecuencias muy malas para nosotros. Así que optamos por la callada por respuesta. Y decimos cosas como "no importa", "no pasa nada" o simplemente esbozamos un sonrisita inquieta de aceptación ante una situación que consideramos totalmente injusta. Todos los poros de  nuestra piel se sublevan ante esta situación, pero al final el pensar que no es importante, que puede ser peor decir algo o simplemente el pensar que ya se dará cuenta... hacen que al final no digamos nada. 

Cada vez que ocurren situaciones como las anteriores, las cuales consideramos injustas pero no respondemos, la energía mental no liberada que produce esa emoción negativa se sublima de manera indirecta en nuestro cuerpo produciendo dolencias psicosomáticas del tipo: dolores difusos, cefaleas, catarros crónicos, lumbalgias, etc, etc. Y además otras trastornos de tipo psicológico relacionados con la ansiedad y la depresión.

Lo que a continuación les voy a contar seguramente también les va a sonar: Cuando optamos por conductas de comunicación pasivas o inhibidas acumulamos un nivel importante de frustración. No decir lo que pensamos y "esperar" que el otro se de cuenta, va cargando nuestro vaso emocional. Estamos más "bordes" o "no le hablamos" para hacerle sabedor de nuestro enfado. Pero con estas estrategias es tan difícil que el otro se de cuenta como que te toque la lotería sin jugar un solo boleto. Y así vamos acumulando y acumulando mala leche. Hasta que llega un día que al menor "error" que comente la otra persona explotamos con una virulencia que ni el volcán de Pompeya. Soltamos por nuestra linda boquita una cantidad de improperios que ni la mismísima niña del exorcista sería capaz de elucubrar. Reproches y más reproches que se pueden retrotraer a años y años atrás. Mientras la persona increpada no da crédito a sus ojos al ver que semejante bronca se organice por tal nimiedad. No entiende nada. Y cuando el huracán pasa y pierde la fuerza nos damos cuenta del "error" y pensamos "me he pasado". Acto seguido hacemos acto de contrición y volvemos al viejo hábito de callarnos para no dar problemas creando poco a poco nuevos polvos que traerán en el futuro toneladas de lodos.




Cuánta razón tenía Aristóteles: Hay que enfadarse bien, en la frecuencia y magnitud adecuada, en la forma y momento adecuado. Pero hay que soltar la energía mental que se produce en las frustraciones porque el monte Vesubio puede ser un juego de niños en comparación con la explosión de ira que un ser humano puede llegar a realizar.


domingo, 13 de abril de 2014

Consejos para crear una sana autoestima en nuestros hijos



La autoestima es uno de los asuntos más tratados en la psicología. Es el aprecio y valoración que tenemos por nosotros mismos. Y es uno de los mejores activos personales que podemos poseer. Existe una gran diferencia entre las personas que poseen una sana autoestima y las que no. Y esta diferencia se cristaliza desde la sensación subjetiva de felicidad hasta los objetivos que consiguen en la vida.

Como padres tenemos mucho que decir y mucho que hacer en la construcción de una buena autoestima en nuestros hijos.

Para empezar me gustaría resaltar la gran diferencia entre fomentar la autoestima y la soberbia, conceptos que a veces se confunden. La soberbia va ligada a la competitividad, al perfeccionismo. A la presión paternal para conseguir que nuestro hijo sea el “mejor”. Ese no es el camino de la autoestima. La autoestima es amor a uno mismo y a los demás. Es respecto a si mismo y a los demás.

A continuación os describo algunas pautas que sería muy interesante que siguiéramos:

  • Mantener una comunicación asertiva

El germen para la consecución de una buena autoestima en nuestros hijos es ser capaces como padres de mantener una comunicación asertiva con ellos. Por el efecto que deja en ellos y por el modelamiento que provocamos.

  • Focaliza en sus virtudes

Haz un listado de las cosas buenas que hace tu hijo/a y conscientemente presta atención a estos aspectos. Te sorprenderán las cosas que pueden aparecer. Intentar no hacer un mundo de lo “malo”

  •  No lo etiquetes

No generalices en aspectos negativos. No le digas que es un desastre, vago o desordenado. Céntrate en lo que hace mal, en lo concreto y no en la persona. La profecía autocumplida es un hecho que ocurre.

  •  Ofrece a tu hijo/a oportunidades para que tenga éxito

Es bueno que los niños sientan el éxito en alguna de las actividades que puedan hacer. Si es bueno en algo, ofrécele oportunidades para que destaque en ello.

  • No evites la frustración (con moderación)

Un padre no puede tener el control de todo lo que ocurre alrededor de su hijo. Y tampoco es bueno evitar cualquier malestar en nuestro hijo o situación dificultosa. Pero también es cierto que no es bueno exponerle experiencias difíciles o que no son acordes a su edad, o que se le dan especialmente mal, se sentirá frustrado en exceso.

  • Dale oportunidades para que se socialice

La socialización correcta será uno de los pilares básicos de su bienestar. Tiene que relacionarse con sus iguales para madurar e integrarse. Para los niños con más dificultades tened paciencia y preparar las situaciones para que se pueda ir introduciendo en las situaciones de manera natural.

  • Enséñale el valor de las pequeñas cosas. Hable con él. Juegue con él. Pase tiempo con él.

El día a día hace que perdamos a veces el valor de lo importante. Y lo importante es poder jugar con tus hijos, prestarles atención cuando hablan, perder tiempo en explicarles las cosas. Hacerles sentir deseados y queridos.

  • Evita comparar a tu hijo/a con otros niño/as

Si quieres que tu hijo/a sea una persona feliz, segura de sí misma y con una alta autoestima, no lo compares con sus hermanos, sus vecinos, sus primos o con el resto de sus compañeros. Ten en cuenta que cada niño es único y especial. Comparar a tu niño con otros es el germen de la rivalidad, la envidia y los celos. Y la puerta a la inseguridad.

  •  Procura no “machacarle” cuando se equivoca. No le hagas sentir culpable

Un niño aprenderá acerca de las situaciones cotidianas de la vida a partir de sus aciertos, pero sobre todo de sus errores. Están en un continuo aprendizaje y exploración. Y los errores son comunes. La rectificación de los errores deben realizarse de manera asertiva. Con claridad pero sin excesiva crítica. Y asumiendo consecuencias.

  •  Cree ciegamente en tu hijo/a. Hazle sentir seguro

Los niños suelen sentir temor ante los desafíos. No muestres la más mínima sensación de inseguridad con respecto al buen desarrollo de la conducta que teman. Eres un espejo para ellos y si te ven seguros ellos lo estarán. Igualmente hazle ambicioso en probar nuevas conductas, nuevos retos. Sin temeridad pero sí con valentía.

  •  Quiérelo con locura

El amor a raudales es la gasolina de la autoestima. Nadie se quiere, por muy bien que haga las cosas, sino lo han querido. Abrazos inesperados, besos, caricias, halagos, etc, etc…

  • Enséñale valores

Hábitos saludables, amor a los animales y la naturaleza, solidaridad, igualdad entre sexos, resolución de conflictos, valoración de la no violencia, alimentación sana, el valor del esfuerzo y sacrificio, etc, etc


viernes, 14 de marzo de 2014

¿Qué hacemos con tantos juguetes?



Vivimos en una sociedad consumista en la que aparentemente la felicidad depende de la cantidad de cosas que puedas comprar. Sin embargo rápidamente nos damos cuenta que la felicidad dista mucho de estar por el camino del consumo.

Es muy posible que en alguna fiesta de cumpleaños o en la celebración de Reyes o Papá Noël su hijo o hijos se hayan juntado con muchos regalos. Y usted pensando en la ilusión que les hará encontrarse con tantos juguetes, va observando cómo abren de manera desganada cada uno de los regalos prestando poca o ninguna atención a muchos de ellos. Y al finalizar el ritual del despiece de papeles que suelen quedar en la habitación, cogen uno o dos de estos obsequios (en el mejor de los casos) haciendo caso omiso al resto. La sensación que se nos queda como padres es: ¿qué les pasa a los niños de ahora que no aprecian nada??

A continuación les pongo un pequeño cuento llamado "El Rey glotón" que nos ayudará a reflexionar de por qué tienen este comportamiento los niños:

En el remoto territorio de Tragaldabia gobernaba un soberano que disfrutaba con suculentos festines. Compartía mesa y mantel con los más nobles del reino. Los banquetes se alargaban hasta el amanecer. En los convites devoraban salmones frescos al limón, aderezados con espumosos de la región de Champaña; truchas rellenas de jugosas láminas de panceta crujiente, guarnecidas con vinos blancos de las laderas del Rin; faisanes embuchados con ciruelas y uvas, dorados a la miel, regados con caldos rojos de las soleadas tierras del sur; ciervos asados en espetón, con confitura de grosellas y bayas silvestres de los bosques, acompañados de licores variados; mangos, chirimoyas, papayas; frutos traídos de parajes exóticos; hojaldres de canela y crema, cubiertos de chocolate caliente,…. 
 Amaneció un mal día. Un rumor, más temible que la peste negra, se propagó como una epidemia por los dominios de Tragaldabia: el rey glotón está triste, ¿qué tendrá el rey glotón, que ya no saborea los manjares?. Un decreto real confirmó los presagios más funestos de los vasallos. Soldados iban y venían por cañadas y veredas reclutando nuevos cocineros para palacio. Aquel que restituya el deleite al monarca será encumbrado, pero a quién fracase se le condenará al patíbulo. Prestigios guisanderos cocinaron los platos más imaginativos, mero con gusto al cordero, pollo con sabor a centollo. A pesar de las creativas combinaciones, uno tras otro perdieron literalmente la cabeza. Por fin, le tocó el turno al más afamado. Preparó un manjar aliñado con sencillez. Tras degustarlo, el rey mandó traerle a su presencia. Desilusionado, objetó: 
- Poseéis enorme fama y cordura, pero vuestra receta no acaba de convencerme. 
- Majestad – respondió el humilde servidor-, me falta un ingrediente para su sazón. 
- ¿Cuál?- inquirió el rey con ansiedad expectante- Decídmelo y ordenaré a mis ejércitos que os lo consigan de inmediato, aunque se halle en la colonia más alejada del imperio. 
- No se encuentra tan lejos- replicó el cocinero. 
- Entonces, ¿qué es? 
- Vuestra hambre, Majestad, vuestra hambre -sonrió el cocinero al asombrado rey glotón-. 
Y cuenta la leyenda que aquel cocinero salvó la vida. 



Bien, entenderán ahora un poco mejor por qué nuestros hijos no tienen hambre de juguetes. Porque están saciados, están saturados de tantos trastos. Abuelos, tíos, padres, tío abuelos se empeñan en comprar a los niños el regalo más fantástico. Y cómo ahora hay tan pocos niños acaban muchos de ellos con un arsenal de juguetes en casa, los cuales ni miran, para el fastidio e incomprensión de los padres y resto de familia.

Hay un mecanismos psicológico/biológico básico en el ser humano y la mayoría de seres vivos que se llama habituación. Este proceso implica que cuando un estímulo se presente en numerosas ocasiones el individuo deja de responder al mismo y se habitúa. Este proceso psicológico es el que subyace a la conducta de los niños cuando dejan de sorprenderse y mostrar ilusión ante el aluvión de juguetes.


¿Cómo podemos poner un poco de sentido común en este tema? 

Para empezar podemos dosificar las avalanchas de regalos en “Reyes” “Papá Noël”  o cumpleaños, recogiendo parte de los juguetes. e intentando llegar a acuerdos con los familiares para que no compren todos juguetes, valorando la posibilidad de que puedan comprarles material escolar, ropa, etc…

Como hemos visto la sobreabundancia de juguetes hace que no se valoren ni se desee jugar con ellos. Un principio básico debe ser mantener a los niños en una escasez razonable en la posesión de juguetes. No puede ser que una habitación esté repleta de muñecas, muñecos, coches, carros, más muñecas, camiones de bomberos, juegos de mesa, fichas de todo tipo, más coches de todo tipo, etc etc etc. Debemos intentar que haya lo imprescindible, lo razonable y el resto dejarlo en el trastero o donde podamos. A su vez un recurso muy saludable es hacer limpia de juguetes de vez en cuando dándolos en las recogidas de juguetes que se hacen habitualmente en las fechas próximas a la navidad.

Apliquemos el sentido común. No mucho o más, es mejor en la educación. 

jueves, 13 de marzo de 2014

Piénsatelo dos veces antes de encender la tele



La capacidad para influir e inculcar valores que tiene la televisión, los videojuegos y el mundo de internet es colosal. Una influencia sobre la que nosotros, padres, no ejercemos ningún control. Exceptuando el tiempo que dejemos a nuestros hijos ser seducidos y absorbidos por estas tecnologías. 

Muchos de los valores que están absorviendo a través de estas pantallas son nefastos para la educación de nuestros hijos. Mientras nosotros nos quedamos con los brazos cruzados, a través de la TV o el ordenador están recibiendo muchos de los valores que a continuación voy a describir:

- Cultura del bajo esfuerzo y valoración del éxito rápido. Ridiculización y estigmatización del sacrificio, trabajo y esfuerzo.
- Patrones sexistas de potenciación del rol masculino en el aspecto agresivo – dominante y el rol femenino como sumiso – pasivo.
- Vivencia del sexo como instrumento de consumo y/o de dominación a la otra parte, casi siempre representada fuera de una relación de amor entre dos personas
- Fomento del individualismo y la rivalidad como máxima para la consecución del triunfo social y personal
- Valoración de la violencia como método para resolver conflictos (en el mejor de los casos) o utilizada de manera gratuita en el resto

- Fomento del consumismo como método omnipresente en las relaciones y el ocio. 


Todos estos valores están transmitiendo las pantallas que ven nuestros hijos. Y estoy viendo muy pocos valores que creo merece la pena que se transmitan, como por ejemplo los siguientes:


- Valoración del esfuerzo y sacrificio en la consecución de objetivos y fines en todos los ámbitos: académico, deportivo, personal
- Fomento de la interculturalidad como un valor propio de la sociedad en la que vivimos. Respeto y conocimiento empático de las culturas-religiones con las que convivimos
- Fomento del trabajo cooperativo y del valor del bien común como herramienta para la convivencia en la sociedad. Puesta en valor de lo que es de todos: mobiliario urbano; servicios públicos: sanidad, educación, etc; bienes culturales, arte, tradiciones; instalaciones públicas (hospitales, colegios, polideportivos…)
- Educación en la igualdad de los sexos y conocimiento de sus diferencias innatas.
- Valoración de la conducta sexual como parte integral las relaciones humanas, sin prejuicios atávicos pero sin frivolizar su importancia y relevancia dentro de un desarrollo vital satisfactorio
- Fomento de hábitos de vida saludables: Deporte, alimentación equilibrada, rechazo a las conductas adictivas
- Educación en valores universales como la solidaridad, la igualdad, el respeto a la diversidad y a las normas cívicas, el cuidado por la naturaleza y los animales, etc…
- Educación para la paz. Fomento de la resolución de conflictos mediante la negociación, el diálogo y la cesión con renuncia clara y tajante a la violencia.




¿Por qué estos valores no están siendo transmitidos sistemáticamente por los canales públicos de comunicación? ¿Por qué el estado está renunciando a educar a sus ciudadanos mediante los medios que dispone y en base a unos valores que podamos asumir todos, que creo que los hay?

En todo caso nosotros como padres podemos aplicar una serie de reglas razonables que aminoren de manera importante el efecto que pueden llegar a producir estas tecnologías en los hijos:  


- La sociedad ha conseguido que la TV forme parte cotidiana de nuestras vidas. Pero sigue siendo una opción. No tiene por qué haber TV en el comedor, la cocina, habitaciones, ¿cuarto de baño? etc…Es más no tiene por qué haber TV en casa.
- No utilizar excesivamente estas tecnologías como “niñeras” o se volverán en nuestra contra
exigiendo su presencia de manera permanente. 
- Utilizar en todo caso estos refuerzos como elementos reforzadores de otras conductas que requieren esfuerzo. (primero la obligación y después la devoción).
- Se puede recurrir a videos o software en el cual seamos nosotros los que controlemos los contenidos y no ellos a nosotros.
- Intentar que las consolas de juegos no formen parte de manera continuada de la vida de los niños. Es un tiempo precioso para que experimenten sus sentidos en la lectura, los juegos convencionales, la convivencia con otros niños/as, la naturaleza, etc…
- Controlar los contenidos de acceso a internet mediante software





viernes, 7 de marzo de 2014

El pánico a conducir



El miedo a conducir puede afectar en alguna medida a un tercio de los conductores



El miedo a conducir es una de las fobias más comunes y por otra parte más incapacitantes para un desarrollo vital normal. La amaxofobia o miedo a conducir puede tener distintos grados. Desde el conductor que le resulta imposible ponerse al volante hasta diferentes graduaciones de miedo como por ejemplo conducir por autovías, por carreteras solitarias, a conducir de noche, a conducir por carreteras estrechas, a adelantar...etc.

La amaxofobia una patología muy común, pero muy poco conocida y mucho menos tratada. Afecta aproximadamente a un tercio de los conductores. Mayoritariamente a mujeres con un 87,50%. Con orígenes y desarrollos muy diferentes, pero que desembocan en un hecho común: la incapacidad para conducir. 

El origen puede ser muy variado, como el de todas las fobias. Puede desarrollarse de una manera insidiosa o traumática. 

Los comienzos insidiosos tienen mucho que ver con los aprendizajes previos. Personas que han visto como personas cercanas les han inculcado un miedo y la precaución excesiva a la conducción. O también que han visto cómo alguno de sus padres padecía esta fobia. Y la característica común de estas personas es que una vez obtenida la licencia para conducir no se enfrentan ni habitúan a la conducción desarrollando paulatinamente la amaxofobia.

El otro origen más común es el traumático. Estos casos se enfrentan casi siempre a un accidente de tráfico. La fobia se puede desarrollar tanto en el conductor como en los acompañantes. También se puede originar cuando coincide con un ataque de pánico conduciendo o incluso cuando algún familiar o persona cercana sufre un accidente. En todos los casos se producen síntomas de ansiedad y pensamientos catastróficos cuando volvemos a coger el coche lo que puede desarrollar una evitación que desemboque en la fobia que estamos describiendo.

El tratamiento de la amaxofobia como el de la mayoría de las fobias suele tener un altísimo índice de éxito. Se combina la terapia de exposición con la reevaluación de pensamientos catastróficos que hacen que poco a poco vayan perdiendo credibilidad. Por otra parte la exposición gradual hace que nuestro cerebro se habitúe al estímulo fóbico produciéndose el descenso de la sintomatología ansiosa. 

No obstante, no hay que olvidar que la amaxofobia está vinculada a un hecho en el que existe un riesgo real, conducir puede ser peligroso, por lo que curarse requiere su tiempo, no es una recuperación rápida. Se trata de volver a hacerlo muy poco a poco, progresivamente. Aún con todo debemos ser prudentes y una buena opción siempre es dejarnos asesorar.





jueves, 27 de febrero de 2014

Orientaciones para superar una ruptura emocional




Hay pocas cosas que nos hagan sufrir tanto como las rupturas emocionales.  Ya seamos jóvenes o mayores, el desgarro emocional que produce una separación no deseada es uno de los procesos psicológicos más doloroso que podemos llegar a sufrir.

Este dolor es directamente proporcional al apego emocional que le teníamos al amor que perdemos. Y aunque no deseado, ese dolor es parte inevitable de la futura recuperación. Puede resultar paradójico pero no se trata de no sufrir cuando padecemos un desengaño amoroso. Se trata de sufrir bien y lo menos posible. Porque el dolor nadie nos lo va a poder quitar.

Es muy duro abrir el corazón a alguien y que nos lo rompa. Nos destruye por dentro. Aniquila nuestra autoestima. Nos deja indefensos, como desnudos en medio de una plaza concurrida. Y nada ni nadie puede consolarnos de verdad excepto la persona que anhelamos que vuelva. Y ahí es donde está el quid de la cuestión, para que este problema se convierta en un proceso pasajero del cual nos recuperemos e incluso podamos salir más fortalecidos o pase a ser un proceso que se cronifique y pueda horadar nuestro estado emocional a medio y largo plazo.

¿Y cuál es el quid de la cuestión? La respuesta es la relación y contactos que sigamos manteniendo con la persona "amada".  No hay nada más duro que después de rompernos el corazón nuestro ex se distancie de nosotros. Y tratamos de impedir esta separación a toda costa. Nos rebajamos, hacemos cosas inverosímiles para intentar recuperar el contacto. Sin embargo lo que necesitamos es todo lo contrario. Necesitamos poner tierra de por medio. Enfriar la situación y el corazón. Distanciarnos.

Las circunstancias hacen que haya personas que no consigan hacer esto. Siguen "flirteando" con su ex intentado ser "buenos" amigos, con la esperanza inconfesable de poder recuperar la relación en el futuro. Con esta estrategia lo único que se consigue es arruinar nuestro futuro emocional. Si al final no se produce un verdadero distanciamiento físico y comunicativo (móviles, email, etc) no hay curación posible. La herida nunca se acaba de cerrar. Al entrar en dinámicas de acercamientos y contactos constantes, la recuperación se paraliza o en el mejor de los casos se ralentiza mucho. Las personas que siguen manteniendo contactos nos describen su vida como si vivieran en una montaña rusa emocional, en la que hay momentos que tocamos el cielo porque pensamos que aún hay esperanza y que quizás podemos recuperarlo/a, y sin embargo hay otros momentos, los más numerosos, en los que nos sumergimos en la más absoluta miseria porque vemos que no hay solución, que lo hemos perdido y que no hay nada que hacer. Esto es lo verdaderamente peligroso de las rupturas, entrar en la trampa de seguir manteniendo contactos excesivos, que en algunos momentos se producen por la buena fe de la persona que nos deja por no querer vernos sufrir, pero que sin saberlo nos está haciendo un daño terrible que nos debería ahorrar.

No es fácil pero hay que hacerlo. Necesitamos tiempo. Tiempo que nos enfríe y nos cure. ¿Cuánto? Cada persona es un mundo, pero la mayoría necesita como mínimo medio año para recuperarse y empezar a ver la luz al final del túnel. Y desgraciada e inevitablemente, si no hacemos bien las cosas, el dolor se cronifica y tarda mucho en desaparecer si es que alguna vez lo llega a hacer.