miércoles, 15 de octubre de 2014

La ansiedad, ¿qué es? (III) El funcionamiento y las consecuencias reales de los trastornos de ansiedad

Curva de intensidad en la respuesta de ansiedad
Una característica genuina de la respuesta de ansiedad es su corta durabilidad. Es un mecanismo muy potente que puede dispararse a altísimas intensidades pero nunca durar mucho a una alta intensidad. Sí que es cierto que a intensidad moderada los síntomas de ansiedad pueden alargarse en el tiempo. Y la respuesta de por qué la respuesta de ansiedad en intensidades muy elevadas no puede ser muy larga en el tiempo es la siguiente. Da igual si es luchar contra una fiera salvaje o esquivar a un coche. El desenlace ocurrirá rápido. Esta temporalidad corta está basada en las características de nuestro sistema nervioso. El sistema nervioso autónomo, que da base biológica a todos los cambios corporales, bioquímicos y hormonales que producen la ansiedad, está a su vez basado en dos subsistemas: el sistema nervioso simpático y el sistema parasimpático. El primero, el simpático, activa el proceso generando la ansiedad, y el segundo, el parasimpático lo controla. Este control va a provocar dos efectos: que este proceso no dure demasiado tiempo y que la intensidad del malestar no llegue a ser tan alta que nos pueda dañar. ¿Qué sentido tendría que aquello que la naturaleza ha diseñado para protegernos, nos hiciera daño? Ninguno. En este sentido la ansiedad no es peligrosa, no te puede pasar nada malo por estar ansioso; eso sí, es incómoda y desagradable.

Una vez el sistema ha vuelto a la normalidad, podemos sentirnos muy cansados, o tener dolor de cabeza, o de espalda u otras sensaciones. Es normal, se debe a que nuestro organismo ha consumido mucha energía y hemos tensado mucho la musculatura.

En resumidas cuentas, la respuesta de ansiedad no puede durar mucho y nunca nos hará daño.


La respuesta de ansiedad convertida en trastorno de ansiedad

La ansiedad tiene su razón de ser cuando afrontamos situaciones peligrosas, circunstancias en que nuestra vida corre realmente peligro. Pero, ¿qué pasa cuando el programa de la ansiedad se conecta ante situaciones que no son peligrosas? Es en estos casos cuando la ansiedad se convierte en un problema y aparecen los trastornos de ansiedad. Un trastorno de ansiedad se podría definir como una reacción de ansiedad en principio adaptativa, saludable, que se activa ante una situación no peligrosa, ante una situación en que no debería activarse. Por ejemplo, una persona con fobia a volar, como vimos antes, percibe el avión como una trampa mortal y al procesar ese escenario como peligroso, la vieja respuesta de ansiedad se dispara. La explicación a este proceso está en la conexión. El problema de esta persona no está en la bioquímica de su cerebro ni en que su sistema nervioso autónomo esté desregulado, sino que a través de determinadas experiencias, conectó la situación de volar con un peligro inminente. Esta es la razón de todos los trastornos de ansiedad. Las personas que los sufren asociaron las situaciones que les producen miedo con catástrofe, con horror, con peligro. El problema es siempre la conexión equivocada, nunca la propia respuesta de ansiedad, que por sí misma es natural y saludable. Así pues, el tratamiento tendrá como objetivo no eliminar la respuesta de ansiedad, sino desconectarla de las situaciones aprendidas como peligrosas y que verdaderamente no lo son.


Las únicas consecuencias de la ansiedad prolongada

Hemos insistido en la idea de que la ansiedad no es peligrosa, aunque sí incómoda y desagradable. Por otra parte, en personas especialmente sensibles y que llevan mucho tiempo sufriendo un trastorno de ansiedad, podrían llegar a desarrollar algún desajuste psicofisiológico leve. Por ejemplo, sabemos que algunos problemas digestivos, como el colon irritable, pueden verse favorecidos por la ansiedad sostenida. O sucedería lo mismo con las cefaleas tensionales, la dermatitis atópica, el asma, o las alopecias. Probablemente lo que sucede es que la activación constante del programa de ansiedad acaba de alguna forma afectando algún aspecto no vital del organismo. Un ejemplo que ayudará a comprender este proceso sería el que sucede en gente que hace demasiado ejercicio físico. El entrenamiento y el deporte son saludables, pero cuando se abusa de ellos, y no se respetan los tiempos de recuperación adecuados, pueden llegar a provocar pequeños desajustes biológicos.



Este artículo ha sido basado en la siguientes bibliografía:

- Tratamiento Psicológico del Pánico-Agorafobia. Pastor y Sevillá, 1995.
- Tratamiento Psicológico de la Hipocondría y la Ansiedad Generalizada. Sevillá y Pastor, 2011.
- Tratamiento Psicológico de la Fobia Social. Pastor y Sevillá, 2000.
- ¿Por qué las cebras no tienen úlceras? Robert Sapolsky.

lunes, 13 de octubre de 2014

La ansiedad, ¿qué es? (II) Los falsos mitos de la respuesta de ansiedad

A continuación describiremos y explicaremos las principales sensaciones que notamos cuando estamos ansiosos y los falsos mitos que normalmente asociamos así como su explicación real en términos de respuesta de ansiedad.


Taquicardia, palpitaciones, opresión en el pecho, dolor en la región precordial: “me está dando un ataque al corazón”

Cuando nos ponemos ansiosos, el cuerpo se prepara para una vigorosa actividad física. Los músculos se alimentan de azúcar y oxígeno y todo esto llega a través de la sangre. Por lo tanto el flujo sanguíneo se aumenta provocando palpitaciones y taquicardias. Sin embargo cuando notamos estas sensaciones estando sentados en la butaca de un avión o dando un paseo es normal pensar a veces que nos está dando un ataque al corazón y vamos a morir. Pero nada más lejos de la realidad. Lo que verdaderamente ocurre es que nuestro corazón funciona a la perfección y está subiendo la actividad para suministrar energía a nuestros músculos alertados falsamente.

Sabemos que el ataque al corazón produce casi siempre grandes cambios eléctricos en el corazón que pueden apreciarse fácilmente en el electrocardiograma. En contraste, el único cambio que se aprecia en el electrocardiograma durante los ataques de pánico es un aumento del ritmo cardíaco.

La ansiedad, el estrés o el pánico NO provocan ataques cardíacos. Para que éstos tengan lugar, deben darse varias de las siguientes condiciones, algunas de las cuales están interrelacionadas: Lesión grave en el corazón o en las arterias, exceso elevado de ácidos grasos en la sangre, dieta incorrecta (por ejemplo, consumo excesivo de grasas), sobrepeso, vida sedentaria, consumo excesivo de alcohol, tabaco y/u otras drogas, hipertensión arterial. También son factores de riesgo el tener antecedentes familiares y el ser varón. El estrés o la ansiedad excesiva pueden aumentar el riesgo cuando se combina con las condiciones anteriores, pero por sí solos no dan lugar a ataques cardíacos.


Sensación de inestabilidad, mareos, vértigos: “me voy a desmayar”

Las personas que experimentan mareo, vértigo o sensación de inestabilidad durante el golpe de ansiedad pueden tener miedo de desmayarse o perder el conocimiento. Sin embargo, la probabilidad de que esto ocurra es nula. Para que tenga lugar un desmayo debe haber un descenso del ritmo cardíaco y una bajada notable de la presión arterial. Sin embargo, cuando se experimenta una fuerte ansiedad o pánico, ocurre todo lo contrario: el ritmo cardíaco y la presión sanguínea aumentan. ¿Cómo se explica entonces la sensación de mareo? Sencillamente, como parte de la reacción de emergencia ante el peligro, el corazón envía más sangre hacia los músculos (para poder correr o luchar) y relativamente menos al cerebro. Esto significa que hay una pequeña caída de oxígeno en el cerebro y esta es la razón de que uno pueda sentirse mareado. Sin embargo, esta sensación no significa que uno se va a desmayar, ya que la presión sanguínea global es alta, no baja.

Las personas que se han desmayado anteriormente, pueden comparar las sensaciones que preceden a un desmayo real con las que experimentan durante un ataque de pánico. Nunca son las mismas. Antes de desmayarse, la gente siente frecuentemente que se está desvaneciendo; es como un alejamiento progresivo de la realidad, como ir sumiéndose en un sueño. En cambio, durante un ataque, la gente está terriblemente consciente de sus intensas sensaciones de mareo y de otras posibles sensaciones acompañantes.


Sensación de falta de aire y dificultad para respirar: “me estoy ahogando”

Cuando estamos muy nerviosos respiramos más rápida y profundamente. Esto forma parte también de la respuesta de emergencia, ya que se necesita más oxígeno si se va a luchar o a correr para escapar. Pero al no gastar verdaderamente este oxígeno provocamos una hiperoxigenación de nuestra sangre. Esto hace que el cerebro mande descender la frecuencia respiratoria produciéndose sensaciones ahogo. Aunque estas sensaciones son reales el temor a ahogarse es totalmente falso puesto que paradójicamente nuestros pulmones cesan de respirar por la sobreabundancia de oxígeno que posee nuestra sangre.

El intentar compensar esto mediante una mayor respiración voluntaria hace que siga el estado de hiperventilación y la sensación de falta de aire. Lo que hay que hacer es respirar lenta, regular y diafragmáticamente. En ningún caso se va a producir una parada respiratoria completa. Cuando se comienza a respirar lenta y superficialmente, el oxígeno empieza a descender en la sangre y la respiración se vuelve poco a poco normal.


Sensación de tensión muscular, dolor en la cabeza y espalda, contracturas, calambres, temblores y sensación de piernas débiles: “voy a perder el control”

Algunas personas creen que van a perder el control durante los ataques de ansiedad. El significado de esto puede ser quedarse totalmente paralizado y no ser capaz de moverse, hacer cosas extrañas o ridículas, correr sin rumbo, gritar, proferir obscenidades, romper objetos, agredir a otros, tirarse por la ventana, etc. Sin embargo, esta sensación de pérdida de control no se corresponde con la realidad. Cuando estamos ante una crisis de ansiedad no se pierde el control JAMÁS, NUNCA; en el peor de los casos, escapamos de la situación hacia un sitio más seguro, lo cual no es precisamente una falta de control. De hecho, como se ha dicho antes, el ataque de pánico no es sino un ejemplo de respuesta de emergencia ante un peligro percibido (que no tiene por qué ser real), de modo que se favorece la respuesta de huida. Es posible que uno tenga alguna sensación de confusión o irrealidad, pero se conserva la capacidad de pensar y actuar de cara a ponerse a salvo. La reacción de emergencia no produce parálisis ni va dirigida a hacer daño ni a sí mismo ni a personas que no constituyen ninguna amenaza.


"El Grito", cuadro de Edvard Munch

Sensación de irrealidad, percepciones extrañas, descontrol en los pensamientos: “me estoy volviendo loco”

Ciertos síntomas durante los ataques de pánico –tales como sensación de irrealidad, visión borrosa, ver lucecitas, confusión mental- pueden conducir a pensar que uno se va a volver loco. Sin embargo, estos son síntomas de la reacción de emergencia ante una situación externa o interna que se considera peligrosa, no tienen nada que ver con la locura. Cuando hablamos de ésta, nos referimos normalmente a un trastorno muy severo llamado esquizofrenia. Esta se caracteriza por pensamientos y lenguaje incoherentes y sin sentido, creencias delirantes (por ejemplo, creencia de que los propios pensamientos son impuestos por seres de otros mundos) y alucinaciones (por ejemplo, oír voces que no existen)





La esquizofrenia suele aparecer en la adolescencia o al comienzo de la juventud. No aparece de repente, sino que se va desarrollando gradualmente y desde luego, no como consecuencia de una historia de ataques de pánico. Suele darse en familias donde hay otros miembros afectados, ya que suele ser un trastorno hereditario. Además es muy poco frecuente, de modo que si no se tiene la vulnerabilidad genética correspondiente, uno no se convertirá en esquizofrénico, por mucho estrés que se padezca. Una cosa son los trastornos emocionales, tal como la agorafobia con ataques de pánico, y otra muy distinta, los trastornos psicóticos; éstos no son nunca una consecuencia de los anteriores.


Más sensaciones en la ansiedad

Veamos a continuación la explicación real de otros síntomas que no son tan angustiosos pero que también se producen en las crisis de ansiedad.


Sensación en el estómago, boca seca, náuseas, estreñimiento, diarrea.

Al dispararse la respuesta de ansiedad, el sistema digestivo se paraliza. Comer y digerir el alimento es fundamental pero es más importante para sobrevivir en el momento no ser devorado por un depredador. Así que, el sistema digestivo cesa su actividad y, según el punto que estemos en proceso de alimentarnos, notaremos unas sensaciones u otras.


Sensación de cambios de temperatura

Como la sangre se acumula en las vísceras y en los músculos, la temperatura interior aumenta. La gente ansiosa se queja de calor y cuando nuestra temperatura sube hasta un determinado punto, los sistemas de refrigeración se ponen en marcha y empieza el sudor. Al mismo tiempo, el aporte de sangre a las zonas periféricas se reduce, con lo cual se puede notar frío en las extremidades, y el sudor tornarse frío cuando atraviesa la piel.


Sensación de pérdida de sensibilidad en zonas superficiales

Con el objetivo de no desangrarnos si somos heridos en la lucha, al estar ansiosos se produce una vasoconstricción de las venas y arterias cercanas a la piel. Al disminuir el riego sanguíneo nuestra piel se enfría y personas especialmente reactivas pueden sufrir pérdidas de sensibilidad e incluso parestesias, que se nos duerman las manos, la cara y los pies.


Sensación de que la luz nos molesta, cambios en la visión, manchas en la visión

En plena ansiedad, y con el objetivo de emplear nuestro campo visual para no ser sorprendidos por el enemigo, las pupilas se dilatan. Habitualmente la dilatación pupilar está controlada por la intensidad de la luz. Así pues, las pupilas pueden entrar en conflicto recibiendo dos mensajes contradictorios, el que proviene de la respuesta de la ansiedad y el habitual que proviene del grado de luminosidad ambiental. Ante esta confusión, el mensaje que recibe nuestro cerebro es confuso y la calidad de las imágenes que se decodifica puede ser inferior a la habitual.



Este artículo ha sido basado en la siguientes bibliografía:

- Tratamiento Psicológico del Pánico-Agorafobia. Pastor y Sevillá, 1995.
- Tratamiento Psicológico de la Hipocondría y la Ansiedad Generalizada. Sevillá y Pastor, 2011.
- Tratamiento Psicológico de la Fobia Social. Pastor y Sevillá, 2000.
- ¿Por qué las cebras no tienen úlceras? Robert Sapolsky.