sábado, 5 de marzo de 2016

Pautas de comunicación con los niños ante la pérdida de un progenitor

"El miedo a la muerte nos separa de la vida no de la muerte"


Sin lugar a dudas nuestra sociedad occidental y post-industrial sigue teniendo un elemento como es la muerte fuera de su esquema de pensamiento. La muerte no entra en nuestros planes, la finitud de nuestra esencia no tiene cabida en la estructura ideológica que implanta el sistema en el cual nos ha tocado vivir. Y sin embargo no hay mayor verdad ni hay mayor certeza que la muerte más tarde o más temprano nos espera a todos.
Durante todas las épocas históricas y prehistóricas el ser humano ha temido y ha tenido respeto a la muerte. Pero una cosa es temerla y otra muy distinta es sacarla de la realidad psicológica en la que vivimos. Y eso es lo que hemos hecho la actual sociedad occidental. 
Uno de los efectos que tiene este enfoque en nuestro comportamiento es no saber qué hacer ni como actuar ante la muerte de uno de los padres si esta sucede en la infancia de nuestros hijos. Pensamos que la muerte les aterra y traumatiza tanto como a nosotros, pero lo que no sabemos es que ellos ven y sienten la realidad a través de nosotros y cómo enfoquemos y entendamos esta muerte así en gran parte la entenderán ellos.

A continuación os pongo unas pautas de comunicación básicas de las malas noticias y de los momentos posteriores al fallecimiento que se deben tener en cuenta (Kennedy y Lloyd-Williams, 2009; Kroen, 2011):
  • La comunicación debe ser directa, sincera, objetiva, y evitando eufemismos, además de comprobar si han comprendido lo que se les ha explicado. Se debe informar cuanto antes, dado que la ocultación de la información puede entorpecer el proceso de duelo posterior. Es importante explicarles también lo que va a ocurrir los días siguientes al fallecimiento. En el caso de muerte por enfermedad, en especial en la etapa final de la vida, se debe permitir su participación en los cuidados, pudiendo realizar alguna tarea acorde a su edad.
  • La persona idónea para realizar esta comunicación es el progenitor superviviente. En los casos en los que deba informar otra persona es recomendable que lo haga alguien cercano al menor que además explique por qué el otro progenitor no puede estar allí.
  • Se debe asegurar la continuidad en los cuidados, es decir, siempre que sea posible, no se deben realizar cambios importantes en su entorno, como una mudanza, cambio de colegio etc., y procurar que sean las mismas personas las que continúen ocupándose de su atención después de la pérdida.  Para facilitar el proceso de adaptación es fundamental informar en otros contextos habituales del menor como por ejemplo la escuela.
  • Es importante validar, pero no forzar, la expresión emocional de tristeza o preocupación, como también de la rabia o ira (ésta última mediante formas productivas), para que tomen conciencia de sus emociones, las exploren y ganen control sobre ellas. Permitir otras formas de expresión, como por ejemplo los dibujos o el juego, y abordar también la culpabilidad que puedan sentir. Al mismo tiempo, es necesario que los menores tengan momentos de descanso en los que puedan desconectar del proceso que están viviendo. Posteriormente y en fechas clave (aniversarios, cumpleaños…) se deben atender las reacciones emocionales, anticipándonos a ellas.
  • Permitirles siempre que lo deseen, despedirse del fallecido y participar en los rituales de despedida, estando disponible un adulto que les acompañe durante el proceso y pueda resolver sus dudas.
  • Ayudarles a mantener una conexión simbólica con el ser querido que ha muerto y a preservar sus recuerdos significativos. Esta conexión tiene efectos saludables en el proceso de adaptación tras la pérdida.
Se ha demostrado que una comunicación que tenga en cuenta los elementos anteriores y adecuada a la etapa evolutiva facilita el proceso de elaboración del duelo y puede evitar su complicación (Rosner, Kruse, y Hagl, 2010).